Represión 1 dic 2012

Ana Lilia Yépez Cansino: relato de una detención arbitraria

Decenas de hombres y mujeres que protestaban en las calles de la Ciudad de México por la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia fueron enviados a la agencia 50 del Ministerio Público, generalmente conocida como el bunker.

Ana Ivonne Cedillo [i]

Ana Lilia fue la última persona en salir de la agencia 50. Sin la certeza clara de cuál había sido su delito o de cómo había sido su proceso, le hicieron firmar un papel, le entregaron su mochila y la dejaron en libertad. Salió un lunes por la mañana, no recuerda la hora exacta, pero el sol que tocaban sus brazos helados le decía que el día apenas comenzaba.

El 1° de diciembre de 2012, Ana Lilia Yépez Cansino fue detenida junto con su amiga Rita Neri Moctezuma, su entonces pareja Obed Palagot y decenas de hombres y mujeres más, que al igual que ellos caminaban y protestaban en las calles de la Ciudad de México por la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia. Todos los detenidos fueron enviados a la agencia 50 del Ministerio Público, generalmente conocida como el bunker. Día y medio después, la mayoría de ellos fueron trasladados a un reclusorio. Otros fueron puestos en libertad de uno en uno, Ana fue una de ellos.

Fotografía con licencia creative commons.

Cuando salió del búnker, en el lugar ya no quedaba nadie de las personas con las que la detuvieron. Sabía que tampoco habían quedado libres y la angustia por saber a dónde se los habían llevado le quitaron el alivio de sentirse en libertad.

Trozos de cabello tirados como si a alguien se los hubieran arrancado, vallas protegiendo a la agencia y decenas de familiares angustiados y deseosos de ver salir a su familiar, fue lo primero que ella observó mientras caminaba hacia su papá y su hermana que ya la esperaban.

Fotografía de José Luna

La gente que pedía información de su familiar se encontraba hasta el final de la calle, las vallas de metal les impedía estar cerca de la puerta principal del búnker. Cuando pudieron acercarse a Ana Lilia le preguntaron por los detenidos que faltaban, pero adentro ya no quedaba nadie. “Había familias que no sabían qué hacer pues les habían dicho que todos iban a salir, es cuando alguien sale y les dice: se los llevaron al reclusorio. Eso provocó un sentimiento de desesperanza”, recuerda Ana.

La lucha por exigir la libertad de sus amigos, así como de las otras personas que también quedaron detenidas, comenzó ese mismo día. La exigencia por la reparación integral del daño hacia su persona y la de los demás, aún continúa.

Estudiante, artista y combativa

Ana Lilia es una mujer joven. La inquietud por el conocimiento la han hecho interesarse por dos ciencias: Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México y Biología en la Universidad Autónoma Metropolitana.

Le gusta el arte, ama el arte. Ha facilitado diversos procesos artísticos, como la creación de murales comunitarios. Tiene una amplia habilidad en la técnica del huecograbado, es lo que más disfruta hacer; un colibrí, una flor, un venado multicolor y mujeres con la leyenda “no estás sola hermana nosotras vamos contigo” son algunas de las imágenes que ella ha trazado.

Fotografía José Luna

Actualmente imparte talleres de grabado a grupos de diversidad funcional. Sabe que la técnica del grabado apoya de sobremanera a las personas débiles visuales, y agrega: “Yo soy una persona débil visual. Pensando que mi enfermedad (Queratocono) es crónica degenerativa y que un día puedo perder la vista, pienso en estos procesos que incluyen a estas personas con discapacidad”.

Ana Lilia vive con su papá y su hermana menor. Sonríe cuando se le pregunta qué se siente ser la mayor, pues dice que es una gran responsabilidad, sobre todo cuando ha tenido que adoptar una visión maternal: “no tengo ese papel ni lo tendré, solo soy la hermana grande”, vuelve a sonreír entrecerrando sus ojos, pero dejando ver su color como el de la miel.

La mañana del sábado 1° de diciembre de 2012, se encontraba en casa esperando a que su papá llegara para poder salir y unirse a las manifestaciones que, desde temprana hora, ya se realizaban en protesta por la toma de gobierno de Enrique Peña Nieto. Haber esperado a su papá, evitó que saliera con el contingente de compañeros de la facultad de ciencias políticas, pero la inquietud por asistir no desapareció.

Meses antes de las elecciones presidenciales, las manifestaciones en contra de Enrique Peña Nieto, como posible presidente de la República, habían comenzado con el movimiento #YoSoy132 integrado al principio por estudiantes de la Universidad Iberoamericana quienes rechazaron la visita del candidato priista a sus instalaciones. Posteriormente, se les unieron estudiantes de otras universidades del país quienes convocaron a más manifestaciones denominadas “marchas anti-Peña”.

Fotografía de José Luna

Ana había estado asistiendo con sus compañeros de la facultad a las marchas anteriores al 1° de julio, día de las votaciones. Recuerda que tenían presente la represión del gobierno del Estado de México, entonces gobernado por Enrique Peña Nieto, hacia los pobladores de San Salvador Atenco. Era para ella y su generación un referente de la lucha social, que, aunque no estuvo ahí, escuchaba lo que representaban los del PRI: “la represión, la violencia, los asesinatos; y todas esas cosas impunes. Era como una consigna de ¡no queremos al PRI!”. Es por esto que Ana no dejaría de asistir a la manifestación del 1° de diciembre, pues representaba el día en que se consumaría una imposición. 

Acompañada de Rita Neri, Ana Lilia salió ese sábado hacia el centro de la Ciudad de México, se verían con Obed quien desde horas antes ya evaluaba la situación en las calles y les informaba del ambiente que se vivía.

La captura

Alrededor de las 12 del día, se encontraron con Obed afuera del metro Allende. Las calles del centro se miraban vacías. No había indicios de enfrentamientos, pero sí se percibía un ambiente extraño.

Cuando llegaron a la calle Madero vieron el primer encapsulamiento. Granaderos rodeaban e impedían el libre tránsito de tres jóvenes. “Eran dos hombres y una mujer. Estaban arrodillados viendo hacia abajo y los dos varones se veían golpeados. Tenían miedo”. Ana, Rita y Obed, se quedaron. La indignación y el coraje por la escena provocaron que se unieran al grupo de personas que exigían su libertad.

Represión 1 dic 2012
Fotografía de José Luna

Después de 40 minutos los jóvenes fueron liberados. “Observé que los granaderos estaban como en el papel de no escuchar. Solo estaban ahí sin oír, sin hablar, sin dar información. De pronto, uno de ellos recibió una llamada y los dejaron ir”. Relata Ana, extrañada de haber observado la prontitud con la que los liberaron después de haber tomado esa llamada. Como si hubieran recibido una orden.

Ana Lilia y sus amigos caminaron hacia la calle de Tacuba y llegaron a la Avenida Eje Central. Sobre la calle 5 de Mayo había otra valla de granaderos, eran muchos de ellos sin hacer nada, como si esperaran algo. Frente al Palacio de Bellas Artes, otros más ya se enfrentaban con manifestantes. “No sé si llamarlo enfrentamiento, porque pienso en la desigualdad de condiciones, en donde unos tienen armas, desde un tolete a morros que no tenían nada”, aclara Ana.

Como si se tratara de una señal; los granaderos que formaban la valla comenzaron a golpear los escudos sobre el suelo. El sonido era tan fuerte e intimidante que, al recordarlo, Ana cierra sus ojos y mueve sus brazos simulando el movimiento que los granaderos hacían con los escudos.

Con voz frágil y reviviendo aquel sentimiento de impotencia, ella narra uno de los primeros linchamientos que observó a distancia: “Frente a la valla de granaderos pasó una persona que se notaba que vivía en la calle, porque tenía las bolsas con sus cosas. Iba caminando y se cayó. Cuando él cae, los granaderos empiezan a chocar sus toletes contra el suelo. Yo no entendía qué pasaba. Los granaderos rompieron la formación y la escena que yo más recuerdo, es la de los granaderos pateando a esta persona. Pero a un nivel que yo jamás había visto. Parecía que de verdad querían romperle la cabeza”. Hoy, Ana sabe que se trataba de César Llaguno, un bolero que trabajaba en las calles de la Ciudad.

César no fue el único agredido. Los granaderos avasallaron a todos los que observaban la agresión y los que estaban a los alrededores. “Yo sentí que alguien me tomó del cabello, me jalan de atrás y lo que hacen es enredarlo en su mano, como para asegurar que me tuvieran bien sujeta”. Mientras platica, Ana toma su cabello rojo y abundante y lo enreda en su muñeca simulando la manera con la que la sostuvo un policía.

Alrededor de quince granaderos la rodearon y comenzaron a golpearla. Encogió su cuerpo para protegerlo de los golpes y de las manos que tocaban su área genital. Para Ana, ese fue un “momento muerto”. Solo cerró sus ojos y el tiempo transcurrió, no sabe cuánto tiempo pasó.

Minutos después, alguien la sujetó y la sacó del encapsulamiento, “lárgate de aquí” alcanzó a escuchar. De estar siendo fuertemente golpeada y agredida se convirtió en una mujer invisible, ya no la perseguían, ya no le decían nada.

Durante ese tiempo, Ana pudo observar la manera como los granaderos golpeaban a más personas, además de la detención de muchos de ellos; incluyendo la de Rita Neri y Obed Palagot.

A Rita la detuvieron mientras corría para protegerse. Un granadero la aventó y la golpeó fuertemente para poder frenarla. Después, con más violencia, una mujer policía la sujetó haciéndole una llave y mientras caminaban le decía: “ya valiste v3rga”, “ya te ch1ngamos”, “put4”, “perr4”.

A Obed lo detuvieron mientras era golpeado por alrededor de 20 granaderos. Le pegaron en las piernas, como queriendo tirarlo. Se lo llevaron arrastrando.

Ana Lilia caminó hacia la calle 5 de mayo, lugar a donde se llevaban a los detenidos, ahí fue capturada mientras exigía la liberación de sus amigos que ya se encontraban arriba de un camión grande y de color azul, aquellos exclusivos para trasportar a los granaderos.

Ella nunca quiso dejarlos desde que vio como los detenían, así que buscó hacia dónde los llevaron y exigió que los dejaran. “Yo vi a un granadero que estaba ahí, me acerqué y le dije: “¡ellos no hicieron nada! ¿Por qué se los están llevando? ¿Por qué están haciendo esto? Él me respondió: ¡Ya perr4! ¿Qué? ¿Quieres que te meta? ¡Porque puedo! ´”.

La subieron al camión azul. La aventaron y cayó encima de más personas, había hombres debajo de ella, lo que le recordó la represión en Atenco y esas narraciones en donde la gente no podía respirar.

Por un largo tiempo, los detenidos permanecieron hacinados dentro del camión. La mayoría gravemente golpeados. Desesperados y asustados siempre buscaron la manera de salir de ahí pues no entendían las causas ni los motivos de su detención.

La CDHDF

La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), en la recomendación 07/2013, reportó que en los operativos implementados el 1° de diciembre de 2012 durante la toma de protesta de Enrique Peña nieto, resultaron 99 detenidos, de los cuales 12 fueron menores de edad. Solo 97 personas fueron puestas a disposición de la Fiscalía Central de Investigación de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), bajo el argumento de que fueron detenidos cuando cometieron daños a personas y bienes tanto públicos como privados. Sin embargo, la CDHDF especificó que todas las detenciones fueron ilegales, pues no se presentó una orden escrita por parte de la autoridad judicial, ni tampoco se demostró que las detenciones se hayan producido en fragancia. Así mismo agregó que a ninguna persona detenida se le garantizaron sus derechos, ya que en seis casos hubo tortura física y psicológica.

En el bunker

El traslado de la calle 5 de mayo a la PGJDF, ubicada en la colonia Doctores, no excede los 20 minutos si se va en auto. Sin embargo, el traslado de los detenidos sobrepasó ese tiempo. Ana recuerda ese trayecto lento, “tal pareciera que los anduvieron paseando”.

Al llegar, fueron recibidos por policías con pasamontañas, lentes obscuros y armas largas. Atrás de ellos algunas personas les tomaban fotografías. “Había muchas cámaras”.

Fotografía de José Luna

Para ingresarlos al área de las galeras, los dividieron en hombres y mujeres. Las galeras son “una especie de laberinto dividido en cuartitos”. En cada espacio ingresaron a tres mujeres. Ana estuvo con Rita y otra compañera.

El área de hombres estaba saturada. Alrededor de cinco hombres ocupaban cada galera y casi todos estaban golpeados.

El trato del personal de la agencia hacia los detenidos fue agresivo desde que descendieron del camión. “El amedrentamiento, el morbo de todo el personal era clarísimo. Porque recuerdo que en la fila pedimos ir al baño y fue así: ¡ustedes no tienen derecho a nada!”, platica Ana imitando la voz golpeada de esos policías.

La incertidumbre, el miedo, la extrañeza de estar ahí a pesar de no haber cometido un delito, eran los sentimientos que invadían a los detenidos. No obstante, en la espera imaginaban que en cualquier momento alguien les diría que todo se trataba de un error y los dejarían en libertad. Eso nunca pasó.

Cuando Ana Lilia pudo tener contacto con más detenidas se dio cuenta que el perfil del grupo con el que llegó era variado. Había desde estudiantes universitarias hasta mujeres adultas, “mujeres de la periferia y otras que se veían de clase media”. Algunas que habían salido a manifestarse, otras que solo fueron detenidas porque pasaban por ahí.

Rosy, un ama de casa, fue una de esas mujeres. Ana recuerda haberla visto sentada en una banca que estaba afuera de las galeras. Desde que ella llegó, Rosy ya estaba ahí, así que por un momento creyó que no era parte del grupo. “Ella Movía sus pies y tenía la mirada perdida”. Pareciera como si se recuperara de una fuerte crisis de ansiedad, provocada por el encierro en la galera. Poco tiempo después Ana y las demás detenidas se enteraron que Rosy era una transeúnte que vio una detención arbitraria, quiso apoyar y la subieron.

La CDHDF señaló que los 97 detenidos fueron formalmente puestos a disposición de la autoridad ministerial. Solo a 85 personas se les determinó la retención por flagrancia. Todos iniciaron su proceso legal sin saber las causas de su detención, nunca se marcaron los tiempos jurídicos, hubo personas que declararon y jamás hicieron su llamada telefónica, ninguno de sus familiares sabía que estaban ahí, no pudieron hablar con un abogado.

Los médicos legistas

Durante el proceso, cada detenido tuvo que pasar con el médico legista. Para Ana Lilia, ese fue otro de los momentos más violentos.

Ella tenía golpes en todo su cuerpo, los moretones en sus brazos se notaban sin mirar a detalle. Tenía un fuerte dolor de cuello por el jaloneo de cabello que le hicieron los granaderos. A veces ese dolor le impedía que se recostara en la única cama de cemento que estaba en la galera o sobre los cartones de cajas de huevo que les colocaron.

Todos esos golpes debían ser registrados por la médico. No fue a así. Cuando entró a que la revisara, le pidió sus datos, le preguntó si había recibido algún golpe y la obligó a desnudarse. Defendiendo al máximo su intimidad, Ana no tuvo más remedio que quitar las prendas que la vestían. Desnuda se le obligó a dar vueltas, hacer sentadillas y por cada golpe que ella tenía, debía lamer su pulgar y tallar para que no hubiera duda de que se trataba de un moretón y no de pintura.

Cuando Ana le comentó a la médico sobre el abuso sexual y como la habían lastimado los policías, esta se negó a registrarlo, argumentando que debía apresurarse para continuar con el examen de los otros detenidos, refiriéndose a ellos con el adjetivo de “revoltosos”.

Por las diferentes asesorías que Ana recibió de sus abogados, hoy explica que las acciones que la médico legista le obligó hacer, se calificaron como tratos humillantes y degradantes. Que el haberse desnudado no era obligatorio, así como tampoco era necesario el haberse frotado cada moretón con su saliva.

En un primer momento Ana Lilia fue asesorada por el grupo de abogados solidarios que acudió al llamado de ayuda (Liga de Abogados 1 CDMX). Fue gracias a ellos que confirmó que los tocamientos que ella recibió en el área genital por parte de los granaderos se tipifican como graves. “Después de mi declaratoria, mi abogada dejó en claro que denunciaba a quien resultara responsable por violencia sexual, detención arbitraria y privación de la libertad”.

Luego de las declaraciones, Ana y Rita fueron separadas. Ana permaneció en la misma galera y a Rita la trasladaron para reunirse con otras detenidas.

El tiempo dentro de las galeras era incierto. Una luz blanca y brillante que siempre permaneció encendida no dejaba ver si era de día o de noche. La única señal que Ana tuvo para saber que el tiempo había transcurrido fue cuando le dieron un lonche “como esos que dan en las primarias: un boing, una torta, una naranja y una palanqueta”.

Logró descansar un poco. Se recostó sobre los cartones y durmió. Mientras intentaba descansar una voz la regresó a la realidad, era Rita: “¡Wey nos están llevando!” Fue la última vez que la vio, porque Rita Neri fue llevada con el grupo de las otras detenidas.

Obed también fue trasladado. Ana pudo darse cuenta del momento en el que se lo llevaron. “Él estaba atrás. Yo le gritaba y él me contestaba. Pero también hubo un momento en el que me dijo: ¡Ya me llevan!, fue de los que se llevaron con Neri”.

A los detenidos que se quedaron les tomaron fotografías y después de un rato fueron liberados de uno en uno. La última en salir fue Ana. Obtuvo su libertad porque no se encontraron suficientes elementos para iniciar un proceso penal en su contra. Sin embargo, la investigación continuó abierta, situación que la mantuvo en incertidumbre pues en cualquier momento la podían volver a detener.

Al igual que los demás, la acusaron de ataques a la paz pública con el agravante en pandilla. Tres años después, la carpeta de investigación que englobó su caso se cerró y le fueron retirados los cargos. Los antecedentes penales se le retiraron porque nunca se encontraron elementos en su contra.

Ocho años después

Cuando Ana Lilia Yépez Cansino recuerda el 1° de diciembre de 2012, asegura que los operativos implementados en las manifestaciones de ese sábado fueron un parteaguas de la represión que dejó secuelas en la memoria colectiva. A pesar de que hubo detenciones en manifestaciones posteriores, ella no recuerda haber visto un operativo como el de aquel día, y dice: “Kuyquendal murió, fue asesinado; Uriel perdió un ojo, Teódulfo está desaparecido”.

Agrega que el 1° de diciembre de 2012 también fue un recordatorio de lo que implicó el poder del Estado, pues Ana asegura que ese día tocó que algunos realmente sintieran en la piel lo que representaba el PRI, “su grado de impunidad, de cinismo, de injusticia. Fue un ejemplo tangible. Ya no eran conversaciones de nuestros padres o noticias, sino era algo que de verdad habíamos vivido, aunque en niveles mucho más bajos que otros casos”.

La represión del Estado priista no hubiera desistido sin la organización estudiantil y el apoyo social. No hubiera habido una recomendación de la CDHDF, no hubieran salido los compañeros presos, confirma Ana.

Aún recuerda la solidaridad de las personas en la lucha por la excarcelación de los que permanecieron detenidos por casi un mes. Platica cuando una de esas personas le prestó su chamarra para cubrirse el frio en una noche helada, mientras permanecían en el plantón instalado en la periferia del Reclusorio Norte.

Hubo gente que llevó víveres no solo para los que estaban adentro, sino para quienes estaban afuera. “recuerdo cuando hicimos una huelga de hambre, justo cuando ya iban a salir los catorce, cuando buscábamos que se reformara el artículo 362 para que quedaran en libertad, entonces hicimos una huelga de hambre, y varias de las personas no eran familiares, no eran amigos”, platica ella.

Encarcelados

El Frente por la Libertad de Expresión y la Protesta Social (FLEPS), en su informe 2014, reportó que de todos los detenidos solo 14 fueron encarcelados acusándolos de delitos como ataques a la paz pública, sumando a uno de ellos el delito de daño en propiedad ajena. Entre los detenidos había 13 hombres y una mujer. Ellos fueron encarcelados en el Reclusorio Norte y ella, Rita Neri Moctezuma, en el Penal de Santa Martha Acatitla.

La decisión que tomó el Pleno de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF) para aprobar la modificación al artículo 362 del Código Penal del D. F, permitió que los detenidos siguieran su proceso en libertad. Antes, de acuerdo a dicho artículo, se aplicaba sanciones de hasta 30 años de prisión.

La lucha continúa

Los resultados en materia de justicia no fueron suficientes. A más de ocho años de lo sucedido en los operativos del 1° de diciembre de 2012, Ana comenta las inconsistencias y contradicciones a pesar de la existencia de la recomendación 07/2013 emitida por la CDHDF.

“La recomendación dice que por ser graves violaciones a Derechos Humanos y no comprobar ningún delito, invita a las autoridades a desestimar las investigaciones y los casos, a cerrarlos, eso no pasó. A la fecha hay un compañero que se encontró culpable”, explica.

Solo dos servidores públicos fueron sancionados. A uno se le removió de su lugar y a otro se le suspendió por unos días y tuvo que pagar una multa. “Esa fue la justicia que hubo contra todo el operativo, no solo contra las personas que lo aplicaron, que nos golpearon, que nos violentaron, sino contra las personas que los mandaron a operar. No hubo ningún castigo real”, lamenta Ana.

Se pidió que el apoyo psicológico fuera remunerado para recibir el apoyo con alguien de la confianza de los agredidos. “La respuesta del gobierno fue que no, que nosotros teníamos que ir a los lugares que ellos decían”.

Cuando Ana regresó a ratificar su denuncia, debían aplicarle un examen de impacto psicosocial, la persona que se lo haría era la misma médico que la sometió a los tratos humillantes y degradantes en la agencia 50. Cuando ella entró a su consultorio, la miró, dio la media vuelta y se salió.

A pesar de los resultados “desalentadores”, Ana ha continuado su activismo social no solo para alcanzar justicia plena en los casos del 1° de diciembre, la lucha por la excarcelación de los presos políticos ha sido otra de las tareas que ha continuado.

Después de su experiencia, se ha reunido con un grupo de amigas y en colectivo han reflexionado específicamente en el caso de las mujeres y el trato desigual o misógino que ellas enfrentan en las cárceles.

La lucha en colectivo, es para ella una parte importante para enfrentar este sistema carcelario y de represión.

Asegura que la lucha por la excarcelación de las y los presos políticos debe de ser a través de la organización, pues es una situación que cualquier persona podría enfrentar y no debe permitirse. “Lo nuestro fue una detención arbitraria por ejercer nuestro libre derecho a la manifestación, pero hay compañeros presos por defender territorios, por exigir cosas que son justas y que no deberían estar exigiendo y mucho menos deberían de tener alguna represalia de cualquier tipo. Creo que el sistema carcelario representa de verdad una de las estructuras más violentas, asesinas. Que tengan control de tu cuerpo, tu tiempo, que seas aislado, borrado, que de verdad tengan como todo ese aparato para, literal, matarte y tenerte, creo que representa lo que nos asusta, todo contra lo que luchamos”, concluye.

[i]Ana Ivonne Cedillo es periodista independiente. Colaboró en la primera etapa de la investigación para el proyecto El país de las 2000 fosas que obtuvo el primer lugar del Premio Breach /Valdez de Periodismo y Derechos Humanos 2019 y el Premio Gabo 2019 en la categoría Cobertura. Es licenciada en Comunicación y Cultura por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Fue becada por el Programa Prensa y Democracia (PRENDE) en la Universidad Iberoamérica.

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