Diferencias ante el miedo

Ana Ivonne Cedillo
La vida ha cambiado en tan solo unas semanas. El virus que se miraba tan lejano llegó en un abrir y cerrar de ojos, evitándonos salir de casa y hacernos cambiar rutinas. Esto no es igual para todos, no ha sido fácil para todos. Y cómo se ve, de aquí en adelante, la vida será diferente para todos.

Ana Ivonne Cedillo [i]

La vida ha cambiado en tan solo unas semanas. El virus que se miraba tan lejano llegó en un abrir y cerrar de ojos, evitándonos salir de casa y hacernos cambiar rutinas. Esto no es igual para todos, no ha sido fácil para todos. Y cómo se ve, de aquí en adelante, la vida será diferente para todos.

Hace casi un mes que no salgo de casa. Si acaso cruzo la puerta sólo es para salir unos minutos a comprar un par de cosas para la comida. Aquí en este rincón del norte de la Ciudad de México, las calles no lucen vacías, pareciera que hay gente que se niega aceptar la realidad. Y no lo digo por los que necesitan seguir trabajando afuera, sino por los que caminan paseándose como si nada sucediera.

La vida ha cambiado tan solo en unas semanas. En un abrir y cerrar de ojos la enfermedad llegó, después de que solo se escuchaba en los noticieros que un fuerte virus terminaba con miles de vidas en un país lejano: China.

Fotografía: José Luna

Las medidas para evitar el contagio del coronavirus se han convertido en actividades cotidianas. Suena increíble, pero hemos tenido que aprender a lavarnos las manos y a cubrirnos la boca correctamente en caso de estornudar o toser. Los besos, los abrazos y hasta el apretón de manos para un buen saludo han quedado prohibidos. Mantener una distancia social de al menos un metro es lo prudente. No salir de casa es fundamental, pero no ha sido fácil para todos.

Hacer una cuarentena en casa lo veía lejano, “sólo serán unas semanas o meses”, era mi percepción. La última vez que salí más allá de la colonia donde vivo, el rumor de no salir de casa ya comenzaba. Aun así, me inquietaba saber si esto sería posible. El vivir en este país tan desigual lo haría complicado. Sobre todo, para aquellos que generan sus ingresos al día, los que con la venta cubren lo más indispensable, la comida.

Quizá vivir en una colonia popular de la ciudad me hace pensarlo así, ser hija de padres comerciantes y serlo yo misma en algún momento lo reafirma. Uno siempre piensa a partir de su experiencia.

Fotografía: José Luna

Quise quitarme las dudas y antes de que el encierro comenzara decidí averiguarlo. No salí sola, me acompañé de mi amigo fotógrafo José Luna, pues una noche anterior a la contingencia anunciada, platicábamos de lo importante que era registrar el tema. Así que a la mañana siguiente iniciamos nuestra andanza, él con su cámara y yo con mi pluma.

En la calle Juventino Rosas de la colonia Peralvillo encontramos a José Garduño. Él trabaja en un puesto de tortas desde las siete de la mañana. Con ayuda de Jesús, su compañero de trabajo, un joven de escasos 25 años de edad abre muy temprano. Cuando nos ven llegar con la grabadora José se anima a platicar, con la idea de dar testimonio para que no suspendan el negocio, pues dice que “les ha llegado el rumor de que van a cerrar los locales”.

Fotografía: José Luna

Tímido y sonrojado, José deja de empanizar las milanesas y habla sobre el escenario al que se enfrentarán si les piden cerrar. Sabe de la emergencia sanitaria por “ese virus que llegó de lejos”, pero reconoce que sería imposible ir al día y lograr sobrevivir quedándose en casa.

No sé qué decirle. Solo pienso que hay un virus que por años nos ha ido matando a muchos lentamente: la pobreza, que se debería colocar en la lista de patógenos que lo hacen a uno más vulnerable ante el Covid-19.

A unos metros del puesto de José y Jesús hay otro comerciante. Es el señor Pedro, un hombre de 57 años de edad. Vende fruta picada y una que otra botana; sentado frente a su triciclo no me niega unos minutos para conversar con él. Le preocupan las bajas ventas, situación que empeoró con el cierre de las escuelas. Eso hace que con su “negocito”, como él lo llama, recorra más lugares. Anda por las colonias Rio Blanco, La Villa, Gabriel Hernández y la Panamericana. Ganar unos veinte o treinta pesos extras al día, le permiten ahorrar para cualquier necesidad que se le presente.

El señor Pedro es diabético, enfermedad que lo vuelve más vulnerable al Coronavirus, pero asegura que lleva a la práctica algunas de las recomendaciones de la Secretaría de Salud, y dice: “si hubiera tenido tos, yo no hubiera salido para no afectar a otras personas. Eso es lo que estoy pensando, en caso de que algunos días ya no tenga fuerzas o que tosiera mucho, mejor me guardo en la casa”.

Mientras platico con Pedro, veo sus productos y todos los tiene cubiertos con plásticos. Junto a sus pies hay un garrafón con agua y sobre la tabla, que le sirve de mesa, dos o tres trapos húmedos; explica que le preocupan sus clientes, por eso trata de mantener todo limpio: “hay que cuidarnos entre todos”, me dice.

El calor tan intenso comienza a sentirse, pero no nos detiene. Lo fresco de las jícamas que nos vendió don Pedro nos sirve de combustible para seguir.

Llegamos hasta al mercado de San Juan, en las calles Arcos de Belén y López. Atrás de un mostrador de cemento, pintado de color amarillo se encuentra Armina. Se le nota molesta, dudo acercarme a ella, sin embargo, fue la única mujer comerciante que quiso hablar con nosotros después de haber caminado por dos horas en las calles del Centro de la Ciudad.

Ella vende ropa, es el giro que ha manejado por años en el mercado. Es de pocas palabras y no quiere hablar mucho del virus. Pero le preocupa su situación y la de sus compañeros del mercado. Por eso nos pide a todos “hacer equipo” y no comprar en los supermercados o centros comerciales. Dice que, por los Walmart, los Liverpool la gente ya no quiere entrar a los mercados o a las tienditas. Por eso insiste en hacer equipo, pues es una “obligación del pueblo” y es que ante este escenario “los pobres siempre somos los afectados”.

Hace casi un mes que no regreso al Centro de la Ciudad. El llamado a quedarse en casa se hizo realidad. El miedo a ser contagiada y poder contagiar, me ha impedido poder hacer equipo con José, don Pedro y Ermina.

Es abril, no sé cuánto dure esto. Los informes oficiales dicen que hasta el 30 de mayo. Mientras tanto el virus sigue avanzando, afectando a unos más que a otros. Y esos comerciantes seguramente seguirán afuera sin importar el miedo.

Ahí la diferencia.

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  • [i] Ana Ivonne Cedillo es periodista y ha publicado en diferentes medios electrónicos. Está por concluir su licenciatura en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

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