"Manos de trabajador"

El Combu

Odiaba ese oficio, aunque fue el sustento de mi familia por muchos años y nunca nos faltó alimento en la mesa.

Saúl Peña Rosas [i]

La decisión más difícil en mi vida fue cuando tuve que elegir entre hacerle caso a mi padre o seguir mis propias metas.

Fui el mayor de cinco hermanos y eso me obligó a ser quien le ayudara en el pequeño negocio de combustibles. Consistía en embolsar aserrín mezclado con petróleo utilizado para calentadores de agua, o como comúnmente se les llama boiler de leña; todo lo elaborábamos en una pequeña habitación donde se encerraba un olor que penetraba todo mi cuerpo.

"Boiler de leña"
Fotografía de licencia Creative Commons

La realidad es que odiaba ese oficio, aunque fue el sustento de mi familia por muchos años y nunca nos faltó alimento en la mesa.

Solía bañarme de manera exagerada hasta dejarme la piel roja de tanto tallarme, obviamente a bandejazos o a mentadas de madre, como le quieran decir, pero aun así, apestaba a petróleo.

Lo más curioso, es que mi padre nunca nos permitió utilizar los combustibles para calentar nuestra agua y hacernos la vida más fácil. Teníamos que hacer el fuego con cartón y madera porque el utilizarlos, atentaba contra el negocio familiar.

Composición digital

Simplemente no soportaba llegar al colegio oliendo a petróleo y aserrín, mucho menos que me apodaran «el Combu», por lo de combustibles. Eso les costó a varios de mis compañeros unas buenas trompadas. Antes así solucionábamos las diferencias, a trancazos, había respeto para el ganador y reconocimiento al perdedor por no acobardarse. Cada quien se quedaba con su chichón y no se rajaba con nadie.

Añoro esos tiempos, porque ahora, el que menos te imaginas carga pistola dispuesto a dañar con alevosía y ventaja. Díganme nostálgico o soñador, pero con toda y la pobreza que viví, mi niñez y adolescencia estuvo llena de aventuras, juegos en equipo, y platicas con mis comparsas que se alargaban, hasta que el viejo salía a meterme, porque ya pasaban de las diez de la noche.

Para ponerlos en contexto, es necesario decirles que mi padre llegó a esta ciudad en el año de 1958 cuando el Milagro Mexicano o Desarrollo Estabilizador, hacia ver que la miseria no era tan grave.

Los que ya tenemos más de cuarenta años sabrán de qué les estoy hablando, casi estoy seguro de que escucharon a sus padres o abuelos decir que antes se ganaba poco, pero alcanzaba para mucho.

Existe un recuerdo colectivo entre las personas de la tercera edad, acerca de que «antes con un peso comprabas leche, pan y huevo en la Conasupo» ¡imagínense! En la actualidad,  con dicha cantidad no compras ni un chicle.

Eso fue lo que detonó en que mucha gente, de varios estados de la república, migrara a la Ciudad de México y mi padre no fue la excepción. Meses después conoció a mi madre y al año de vivir juntos, me trajeron al mundo.

Recuerdo que mi barrio, ubicado al oriente de la ciudad, aún estaba en pañales comparado con las colonias del centro o del poniente, ya que sus calles de tierra y cables de luz enmarañados en postes improvisados de madera, daban cuenta de un vecindario que apenas se empezaba a urbanizar, por lo tanto carecíamos de diferentes servicios, como agua, drenaje y asfalto  que poco a poco se fueron obteniendo.

Aún así mi padre siempre nos decía: sean agradecidos, que hay mucha gente que ya les gustaría tener este jacal y la comida que nosotros comemos.

Tengo que agradecerle que nos enseñó a ser trabajadores y honrados, hasta ahora todos mis hermanos somos gente de chamba y honestos.

Pero todavía tengo presente el día en que tuve que enfrentarlo. Decirle que ya no soportaba el olor a combustible y que no quería participar más en el negocio familiar, fue como si le hubiera echado gas pimienta en los ojos.

Para ese entonces tenía 16 años, ya había concluido la secundaria y por cierto tenía la novia más bonita que puedan imaginarse.

Mi padre se puso furioso, me dijo que no me estaba pidiendo permiso, que mi alternativa era conseguir el empleo que quisiera, pero que tenía que aportar centavos a la casa. No me lo dijo directamente pero esa fue la condición para que yo siguiera viviendo ahí. Hasta hoy entiendo por qué fue tan duro conmigo.

A esa edad pensaba que ya podría valerme solo, y estuve a punto de marcharme si no es por el exhorto de mi madre a seguir estudiando. Ella siempre me decía: estudia lo que quieras pero termina una carrera.

Decidido a no volver al negocio de los combustibles, así que fui a pedirle trabajo al señor Filemón que tenía una carnicería en el mercado, la más grande y popular de mí colonia.

Seguido ponía su letrero de «se solicita chalán». Cuando conseguí hablar con él, se me quedó viendo de pies a cabeza y me dijo: «Con mucho gusto te daré trabajo mi ‘Combu’”.

No tuve más remedio que aguantarme, aunque por dentro quería decirle: gracias “Don Carnes”.

Por las mañanas iba aprendiendo el oficio de tablajero, y por las tardes estudiaba en una escuela, de esas donde sólo podías cursar carreras técnicas sin obtener el certificado de bachillerato. Nos decían gente Nopalep, y eso me disgustaba mucho. Conalep es lo correcto.

A los 19 años ya había concluido mi carrera técnica en Electricidad Industrial, sentía que ahora si los centavos iban a llegar por montones. Desafortunadamente el Milagro Mexicano dejó sentir sus deficiencias y la inflación me alcanzó, mermando en gran medida mis ingresos económicos.

Me casé a los 21 años con mi novia que tenía desde los 16 y que actualmente es mi esposa. Tenemos dos hermosas hijas que ya están a punto de concluir sus carreras.

¿A qué creen que me dediqué todo este tiempo para poder sostener a mi familia?

Los primeros 7 años de casado, trabajé para una empresa de equipos industriales, no me iba mal. Pero llegaron los ingenieros del Politécnico y prácticamente nos tumbaron la chamba.

Los siguientes 10 años, nuestro sustento provino de un negocio de calentadores de gas y plomería, ¡qué raro verdad! No terminó por cuajar del todo, debido a que nos subían cada vez más la renta del local que alquilamos.

Concluido ese negocio, convencí a mi esposa de que la opción era una carnicería. Nos animamos a construir una accesoria en nuestra casa que, dicho sea de paso, costó muchos años de esfuerzo obtenerla, eso me hizo valorar mucho más a mis viejos. Pero al fin pusimos la carnicería «El Combu». Ahora ya no me molesta el apodo.

Para mí, todo esfuerzo tiene sus recompensas y le doy gracias a la vida estar de pie frente a la adversidad. No me arrepiento de nada porque trabajando se  forja el carácter.

Lo curioso de todo es que mi hija la mayor está por concluir la ingeniería en petroquímica.

¡Vaya! Ja ja ja, creo que del dichoso petróleo, ¡nunca me voy a librar!

[i] Saúl Peña Rosas es Licenciado en Comunicación y Cultura por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y publicó su primera novela El día de tu muerte.

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11 comentarios en “El CombuAñade los tuyos →

  1. 🔹Es una excelente historia🔹
    Esta historia te hace reflexionar a que valores todo lo que tienes en la vida y que nunca debes de rendirte para poder alcanzar tus sueños y metas. Y siempre valorar lo que tus padres hicieron por ti, porque gracias a ellos tu estas aquí. 😊

  2. La lectura, me recuerda que las personas que cuando somos jóvenes pensamos que los padres son los ogros más malvados, por tanto trabajo que nos ponen, pero cuando pasa el tiempo nos damos cuenta que lo único que hacían es capacitarnos y prepararnos para enfrentar la vida y superarlos para bien

  3. Este pequeño pero grato relato me hace ver cuán valiosos e importantes son estas enseñanzas que regañadientes nuestros padres siempre tratan de dejarnos, ¡vaya! Que buena herencia saber trabajar y que buenas letras para relajar el alma. Saludos y abrazos fortísimos Lic, excelente historia.

  4. Buena la historia del combu, me recuerda cuando era adolescente y me mandaban al pan, solo podía comprar bolillos, y para una familia de 10 hermanos papá, mamá y algunos intrusos hermanos de mi mamá, por lo que el monchis cada vez que me veía pasar me decía: ya vas a vaciar la panaderia guerejo!!!, ahora soy Lic. En administración y el monchis se fue a USA con toda su familia, saludos

  5. Las enseñanzas que nos dejan nuestros padres nos ayudan a forjar nuestro futuro, de uno depende si queremos avanzar más o nos quedamos en el camino.

  6. Me gustó la historia
    Al estar leyendo me indentifique un poco con la historia porque yo también ayude a mi mamá en una tienda de abarrotes y mi papá tenía ganado por lo cual teníamos leche y hacíamos queso para nosotros por lo cual también me en señadon a hacer queso y cada ves que mi papá traía leche yo tenía que hacer el queso.

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