"El gran Cabrón de Goya"

El gran cabrón

Había fuertes rumores de que el viejo anda bien ensillado con un revolver 38 a la cintura, se dice que no le tiembla la mano para jalar el gatillo.

Saúl Peña Rosas [i]

Soy un hombre muy bragado hecho a la antigua, mi carácter me ha librado de muchos problemas porque he puesto a más de uno en su lugar, sin embargo, también me ha acarreado problemas por ser tan temperamental. Pero en fin, así somos los hombres del norte, cabrones, no nos dejamos de nadie, pero a veces las cosas no son como parecen y uno tiene que doblar el orgullo, tragarse sus palabras y seguir adelante.

El asunto es que ya me habían dicho que el señor que despacha en la tienda de la esquina, es un arrogante, pedante que infla los precios y además suele faltarle al respeto a las mujeres. Para evitarme problemas, porque ya no estoy en edad de buscar pleito,  siempre compré en la tienda que está a dos calles. La realidad es que estas rodillas ya no me aguantan muy bien, ¡digo! 72 años no cualquiera los cumple, sin embargo, prefiero caminar un poco más a cruzar palabra con ese fulano. Con ese tipo de personas lo mejor es aplicar la tan mencionada “sana distancia” pero en todos los aspectos.

Déjenme decirles que no fue una sola persona quien me contó, Mary, la señora de la estética tuvo mucho tiempo de platicar al respecto, mientras me cortaba los pocos cabellos que me quedan.

Como les iba diciendo don Gil, el señor de la tienda La Esperanza es un patán, dicen que le gustan las jovencitas y que hasta les ofrece dinero por tener encuentros sexuales con él. También me dijeron que ya ha envenenado a más de cuatro perros de sus vecinos más cercanos.

No podía creer lo que escuchaba, ese tipo de personas los deberían de pasar por armas, justamente como en la Revolución. Me inquietaba saber cómo era ese fulano porque desde hace un mes que me vine a vivir, a la Ciudad de México, con mi única hija soltera que me queda, ella mismo me dijo,

— No compres en esa tienda porque dicen que el viejo que despacha es un sangrón.

Yo acaté la recomendación y es fecha que no me paro en ese el lugar, aunque ya me estaba hartando de escuchar cómo la gente hablaba pestes de ese tipo. Hasta los niños que juegan fútbol en la cuadra le tienen miedo, dicen que si por error las pelotas se vuelan a su propiedad, se las regresa, pero ponchadas el muy infeliz.

Créanme que con tan malas referencias le agarré un odio al condenado viejo, que en mis adentros me dije: ojalá que nunca se meta conmigo o con mi hija porque yo sí lo vuelo al cabrón.

"El gran Cabrón de Goya"
El aquelarre o El gran cabrón (1798). Pintura de Francisco de Goya, descarga autorizada con fines culturales del Banco de imágenes del Museo del Prado

Después de pensarlo bien, recapacité y me relajé, además había fuertes rumores de que el viejo anda bien ensillado con un revolver 38 a la cintura, se dice que no le tiembla la mano para jalar el gatillo. Y pues, no es que me acobarde ¿verdad? Pero ya estoy viejo para esos trotes, total, tarde o temprano alguien lo pondrá en su lugar.

Como buen ciudadano prudente y acostumbrado a seguir las reglas sociales y morales, como con un manual, me dispuse a no hacer caso de tantas injurias perpetradas contra el viejo de la tienda La Esperanza, y seguí mi vida como si nada, pero la verdad, quién puede hacerse de la vista gorda cuando a cada rato le platican cosas horrorosas de una persona pervertida.

Pues bien, la gota que derramó el vaso, fue un joven plomero que vino a reparar la tubería del fregadero, en un tiempo que se dio para descansar entre tubos de cobre, codos y coples, dijo que había escuchado que el mentado viejo de la tienda hacía brujería. ¡No lo podía creer!

Finalmente llegué al hartazgo y me propuse a ponerlo en su lugar cuando hubiera la oportunidad. No sabía cómo ni cuándo, pero tenía que pararlo, la verdad me asombraba que no hubiera alguien que le hiciera frente a ese mal parido. Aunque pensándolo bien, a mí no me había hecho absolutamente nada y lo cierto es que a mi hija tampoco, así que no tenía por qué meterme en problemas. Otra vez respiré hondo y me tranquilicé.

Todo cambió el pasado 1 de enero cuando, no quise comer el famoso recalentado, no me gusta lo mismo en días seguidos. Con los años uno se vuelve más exigente y melindroso porque la comida ya no te sabe a nada, dicen que con la edad el gusto va disminuyendo. Así que me dispuse a comprar huevitos y jamón con unos chilitos jalapeños como la gente decente, mi hija no me pudo convencer de lo contrario.

Pasé por la tienda del mal parido y como era de costumbre, a pesar de tener tan mala fama siempre estaba atiborrada de gente, que dicho sea de paso, la tiene bien formada en sus respectivas marcas que puso en la banqueta para guardar la distancia recomendada por las autoridades, todas ellas con su respectivo cubrebocas ¡Claro! seguramente porque es brujo y no sé qué tanta cochinada ha de hacer para tener clientes, alguna artimaña del más allá desde luego, porque no cualquiera vende tanto, teniendo tan mala reputación.

Yo como siempre me seguí hasta la otra tienda, pero cómo suele ocurrir en esos días de asueto, estaba cerrada, me esforcé hasta llegar al mercado popular y mi sorpresa fue mayor debido a que sólo dos puestos estaban abiertos y hasta el gorro de gente.

Decidí regresarme, no sin antes descansar cinco minutos en una de las bancas del kiosco, ya saben, estas rodillas y los años merman mi andar. Agarré aire y emprendí el regreso. Por mi cabeza pasaba la idea de entrarle al recalentado, pero después pensé que todo mi esfuerzo sería en vano si no me daba el gusto de esos huevitos con jamón y jalapeños acompañados con un cafecito negro bien cargado.

Llegué hasta la tienda del mal parido y ya sólo había un par de personas. Decidí esperar formado, había llegado el momento de conocer a este cabrón. El acrílico colocado en el mostrador para eso del covid-19, no me permitía ver claramente el rostro de quién ya consideraba mi peor enemigo.

Sólo dos personas me separaban de realizar mi compra. Los minutos se me hicieron eternos, sentía que el destino estaba en contra mía, la desesperación se empezó a  apoderar de mí y mis pensamientos divagaban ya en un plan bien orquestado, por sí el viejo mal parido osaba tratarme mal o lanzaba alguna mala palabra contra mí.

Finalmente llegué hasta el mostrador y dije con voz fuerte, firme, sin titubeos ni miedos.

— Deme un kilo de huevo y un cuarto de jamón.

Ni siquiera lo pedí por favor como acostumbro hacerlo. El mal parido hizo una pausa y el silencio se hizo presente, obviamente por mi mente regresaba ese plan que estaba decidido a llevar a cabo por si me sentía agredido. Y es que no les he platicado, pero siempre traigo escondida mi pistola calibre 22 de bolsillo, ¡Digo! Por eso de las dudas verdad.

La realidad es que el corazón me empezó a latir más rápido de lo normal, las manos me sudaban y no podía jalar aire como de costumbre. Su falta de contestación me hizo angustiarme por tantas cosas que estaba imaginando, pero agarré valor y le dije casi gritando.

— ¿Qué no oyó?

Con una voz de asombro me preguntó.

— ¿Eres tú Gil?

¡A chinga! Esto no me lo esperaba, pero su voz no me era indiferente, aun así no podía reconocer a quien me hablaba. Su maldito acrílico y mi vista cansada me impedían distinguirlo. Abrió la puertita del negocio y con una sonrisa de oreja a oreja me dijo

— Soy yo, ¡Anastasio!

el corazón se me quería salir del pecho, pero de felicidad por ver a un amigo que creía muerto. Hace años, cuando vivíamos en Zacatecas, me dijeron que estaba muy enfermo, no tuve tiempo de verlo porque cuando fui a su casa, sus parientes me dijeron que sus hijos se lo habían llevado a la Ciudad de México. Fue la última vez que supe de mi gran amigo, de toda la vida.

Quedaban muchas preguntas, pero fue más el gusto de vernos que hasta olvidamos la piche pandemia y nos abrazarnos como Dios manda. Le platiqué todo lo que se decía de él, que por supuesto ya no creía ni una jota.

Me dijo que todo surgió porque un día un par de jovencitas, quienes paseaban a un perro, dejaron la cagada en la jardinera que está afuera de su tienda. Como era de esperarse mi amigo les reclamó y las dos mocosas le dijeron que se fuera a “chingar a su madre”. ¡Para las pulgas de Anastasio!, éste enseguida las hizo que levantaran la mierda y las mandó a volar sin importarle que fueran chamacas de 17 años. La cosa se puso candente cuando la mamá de éstas se presentó a la tienda con una patrulla acusándolo de tocamientos y de haber pateado al perro, cosa que nunca sucedió. Él pudo aclarar todo gracias a las cámaras de vigilancia que tiene afuera de su tienda, de lo contrario creo que hubiese pasado sus últimos años en prisión.

El caso es que desde esa ocasión estas niñas maleducadas, junto con su madre mitotera, se han encargado de hacerle una cruel propaganda que hasta ahorita sigue en voz de toda la colonia. Yo, aprendí a no juzgar sin antes saber la realidad de las cosas, que triste es que seas tratado de cierta manera, sólo porque alguien mintió sobre tu persona y se encargó de destruir tu reputación.

[i] Saúl Peña Rosas es Licenciado en Comunicación y Cultura por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, autor de varios relatos y de la novela El día de tu muerte.

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27 comentarios en “El gran cabrónAñade los tuyos →

  1. Excelente anécdota
    no hay que juzgar a nadie aún sabiendo lo que digan de esa persona ya sea verdad o no, porqué todos somos buenos para juzgar y la verdad lo único que haces al juzgar es lastima a esa persona.

  2. Efectivamente suele pasar con frecuencia hoy en día la gente está más ocupada en la vida de los demás que en la de uno mismo, es lamentable pero algo que nos enseña tu relato es que no juzguemos sin antes conocer o saber realmente que pasó ya que la voz de la sociedad aún sigue dañando a muchos. saludos!!!

  3. Buena historia, no hay que juzgar hasta conocer a las personas, suelen pasar anécdotas asi de reencuentros con amigos.

  4. Rápido se propagan los embustes, pero depende de nuestro criterio, yo lo llamaría filtro, el darle continuidad a esa costumbre popular, en fin , buen tema que logra, en mi caso, pensar y corregir actitudes, gracias TEN SALUD 🖖

  5. Creo que independientemente de lo que las personas sean, no debemos de juzgar, recordemos que como seres humanos todos tenemos errores; lo importante es respetar y saber poner límites (si es que nos afectan).

  6. Seria un buen principio Elizabeth, pero para llegar a ese nivel de respeto entre sujetos hace falta mucha más educación, valores y principios.

    Gracias 🙂✌

  7. Me gusta mucho tu narración , excelente, desafortunadamente y creo que en un gran porcentaje, la gente se conduce así, o en algún momento me incluyo, hemos actuado así, juzgando a otras personas y desacreditandolas y no solo por lo que se comenta de ellas, sino hasta por su apariencia o su forma de vestir o de hablar y esa conducta negativa, en mi opinión nos toca detenerla en cuanto la escuchemos y no ser cómplice de las habladurías. Como siempre te felicito y aprendamos a no juzgar .

    1. Así es Ruth, desafortunadamente aveces nos dejamos llevar por las apariencias sin conocer de fondo a las personas.

      Saludos cordiales 😉✌

  8. Me encanta siempre lo que escribes, eres genial!! Y si… tienes mucha razón a mi me caía mal una persona y resultó ser el amor de mi vida 😍 creo que sabes a quien me refiero verdad? T. A.

  9. Muy buena mi Lic aveces somos buenos para jugar sin saber cómo es la jente a mi en lo personal me ha pasado Lic muy buena reflexión

  10. Lo que escribes, es tan común en mucha gente, los comentarios de otros pueden destruir vidas, las palabras son como víboras, que envenenan vidas, sin embargo, es lo que pueden dar(veneno)
    Saludos

    1. Gracias por tu comentario Elena, bien dicen que las palabras mal intencionadas son tan dañinas como la comida echada a perder.

      Saludos cordiales

  11. Muchas personas están tan podridas que no les gusta ver bien a los demás y los desprestigian con tal de dañarl@s. Pero creo que existe el karma y todo lo que se hace se regresa. Tarde que temprano la verdad sale a flote.
    Saludos, querido amigo.

    1. Indudablemente hay personas que tienen un gran vacío en el alma y generalmente se ocupan de perjudicar a los demás. Lástima por ellos porque ùnicamente se envenenan el alma.
      Saludos cordiales ivetsita

  12. Las personas somos muy fáciles de manipular y caemos rápidamente en estás trampas cotidianas que nos pone la vida, creo que los rumores solo hay que tenerlos presentes cuando compruebas que realmente es como suenan, yo si tengo unos vecinos que son la piel de Judas y la verdad si dan ganas de desollarlos, jejeje

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