"Salamandra1"

Energúmeno

El gerente le había regalado ese perfume meses atrás. El día de las médicas que trabajaban en las farmacias de la empresa.

Carmen Ros [i]

El gerente le había regalado ese perfume meses atrás. El día de las médicas que trabajaban en las farmacias de la empresa. De la talla de un litro, la baratija, como eran todos los obsequios del gerente. Un perfumito para que se le suavice el genio a la doctora más bonita de todos los consultorios del Doctor Simi, dijo al entregarle el presente. A Felipe, uno los empleados que atendía en el mostrador, en su cumpleaños le obsequió una caja de vitaminas. A Perla, la mejor vendedora de cremas para la cara, le ofreció un tubo con maquillaje corrector de ojeras. Eso sí, las envolturas de esos regalos eran vistosas: muchos listoncillos de colores, diamantina bien distribuida y pegada sobre el papel. También una cartulina que llevaba un mensaje escrito de su puño y letra.

El perfume seguía intacto dentro de su envoltura. Luzcelina leyó las palabras del gerente: “Este perfume se adapta al humor de quien lo usa. Olerás a ajo si no controlas el geniecito que te cargas, preciosa. Si estás contenta, tu olor será más femenino, de rosas, y al acercarme a ti, tendré ganas de invitarte a un bar. ¿A cuál quieres ir? Puedes escoger el que quieras”. Idiota. Un imbécil. Un pendejo redomado. Sifilítico en tercera fase.

"Salamandra1"
Ilustración: Arturo Almanza

Luzcelina sacó una botella de la envoltura, una figurilla de vidrio. Una salamandra con una piedra roja en el pecho. Abrió la tapa. El aroma, azúcar empalagoso. Vertió el líquido en el lavabo, puso a un lado el frasco y se metió bajo la regadera. El jabón hacía mucha espuma, le había advertido Perla cuando se lo mostró en el catálogo de Avon. Huele mejor que el regalo de ese cretino, pronunció mentalmente. Al salir del agua, vio el fulgor rojo de la salamandra. No era un brillo plástico. Sino un guijarro duro. Lo dijo en voz alta: Ni modo que sea un rubí. Ya parece que ese tarado me iba a regalar una piedra preciosa. ¿Lo será? No se ve corriente. Voy a ver qué me dice un joyero.

Luzcelina extrajo el corazón del anfibio con unas pinzas para depilar. Vio un objeto en el hueco, era un diminuto rollo de papel. Lo extendió. No tenía tiempo de descifrar los garabatos ahí escritos. De hacerlo, no se presentaría en la tienda de joyas antes de entrar al consultorio de la farmacia. Acercó la nariz al frasco. Se untó las últimas gotas del líquido en las nalgas, cerca del ano. Ese lugar merecían. Si acaso. Cuántas ganas de devolverle la humillación al estúpido.

En El Rubí, el experto dijo que la piedra era un granate. Ella quiso saber si el joyero  lo compraría. Le doy trescientos pesos. Luzcelina enfureció. “No tengo un cerebro de piojo como el suyo, ¿cree que no sé que usted venderá la piedra por un precio veinte veces más caro?”. Echó la gema en su bolso —en el mismo compartimento en donde había puesto el rollo diminuto— y salió gritando que ella no era ninguna pendeja, que había sido el mejor promedio de su generación, en la facultad.

            Luzcelina no podía meter la llave en la cerradura del consultorio. El furor que aún sentía lo expresaba con el temblereque de las manos. El joyero había disparado contra su orgullo, con balas expansivas. Haberle ofrecido trescientos pesos. Seguro el granate valía mil, por lo menos. Luzcelina, encolerizada, comenzó a patear la puerta. De la farmacia se asomaron las vendedoras. Luzce, cálmate, ahorita te ayudamos a abrir. Ella, la doctora, con el pelo en la cara debido a la agitación. Un energúmeno. Les dijo que estaba harta de que la trataran como a una idiota y repitió lo del promedio en la facultad. Para auxiliarla llegó el gerente. Al verlo, Luzcelina exclamó entre salivazos:

            —Me puse tu perfume en el culo, ¿me oíste, sifilítico?

            Ni quien dijera que había sido una injusticia que la echaran del trabajo.

Por la noche, sentía el cuerpo como si hubiera hecho cientos de abdominales y lagartijas. La cabeza oprimida. Ibuprofeno. Una hora después quiso vomitar. Al tratar de hacerlo, salió de su garganta un aullido. Se atenuó la opresión. Luzcelina dio otro aullido, más prolongado. La presión de la cabeza se liberó. Aulló una vez más. A su cuerpo entró una sensación de felicidad —contradictoria en esas circunstancias— como de alguien que ha cumplido con una responsabilidad que creía imposible. Fue a buscar el granate. Se mandaría a hacer un dije. Vio el papel enrollado. La escritura era apretada. La descifró.  “El empleo de este filtro ha de ser con cuidado. Antes de untarlo en la piel, se aconseja un baño de agua fresca, sin frotar el cuerpo con jabón alguno. Contravenir esta indicación exaltará el estado de ánimo previo de quien lo use y sus efectos podrán terminar cerca de la medianoche”. Luzcelina volvió a aullar.

[i] Carmen Ros, escritora mexicana. Doctora en Letras modernas, docente e investigadora sobre temas de literatura y creación literaria. Autora de novela, cuento, crónicas, relatos, ensayo y textos periodísticos.

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