"Pelusa, composición digital"

Epifanía, apólogo y diatriba de la ilusa pelusa, con su oda respectiva

Más pelusas y más invadiendo tu espacio, tomándose su tiempo para colonizar tu despojado territorio. Tomando posesión de los rincones.

Adriana Jiménez García [i]

…es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Juana Inés de Asbaje (1651-1695)

Pelusas. Pelusas y pelusas. Más pelusas y más invadiendo tu espacio, tomándose su tiempo para colonizar tu despojado territorio. Tomando posesión de los rincones, tajantemente siendo, con su blanda y polvosa contundencia, a pesar de la escoba y sus adláteres, sus gerundios y tal.

Las veo y de inmediato vuelvo la vista hacia otro lado. Pero el mandato dice que tengo que encararlas.

Así es como dirijo la mirada ofendida hacia una de ellas, que parece tender con torpe voluntad hacia la forma esférica.

No la quiero observar; yo siempre he rechazado esos misterios. Las ilusas pelusas son mundillos de mugres de muy diversas layas, opacas y polvosas.

Pero está decidido: esta vez ya no puedo eludir sin que me tiemble el pulso la realidad de su ser engañosamente abullonado, falsamente mullido; con el adverbio por delante tengo que defenderme del influjo desidioso y moridor de este ser de color inclasificable, que induce a la tristeza y a la decepción por su naturaleza misma.

Nadie me dijo nunca cómo afrontar la formación de una pelusa sin carácter, prima lejana de los borujos secos que ruedan como condenas por las ásperas arenas el desierto.

"Pelusa, composición digital"
Fotografía del archivo Imagen99

Así de viles y de indiferentes son las pelusas que se van acumulando debajo de los muebles, no importa lo que hagas; y tienes que contar con su presencia viciosa y persistente, inevitable como el aburrimiento y la tristeza de los domingos yertos. Comprende: las pelusas dicen cosas de ti sin decir nada, y no son cosas buenas, tenlo por seguro.

De nada vale fingir que no te importan. Pues mientras que en tu mundo existan pelos, pelusas ha de haber; se sabe que por ínfimo que sea el filamento capilar se le habrán de ir adhiriendo fibras, polvo, grasas diversas, ácaros invisibles para el ojo, escamas de piel muerta: testimonios de la vida que cede a la molienda del tiempo y sus dientes desiguales.

Siempre me he resistido al examen de semejantes cosas, pero el misterio lo es hasta que alguien se atreve a develarlo. Nada mejor que agarrar al toro por los cuernos. Hay que estudiar al enemigo, y bien de cerca.

Me inclino y alzo la pelusa bien aglomerada entre el pulgar y el índice, la deposito en la concavidad renuente de mi palma, y dejo que el objeto me entregue sus secretos.

Fea no es propiamente la pelusa: es tediosa y bastante inexpresiva, pero de alguna forma exhibe una hermosura que no sé en qué consiste. Hay algo etéreo en la manera en que las fibras y las partículas que la constituyen se mantienen suspensas alrededor del pelo que es el centro y la columna vertebral de este prodigio de electromagnetismo.

¿Qué mantiene la cohesión de las pelusas, sino la voluntad de la existencia misma, librada a la materia y a sus propiedades?

¿Bajo qué recónditos principios se conjugan los destinos de estas humildes, humilladas partículas, que se atraen entre sí y permanecen juntas por largos periodos, inconformes con la soledad a la que las condena el torpe dios de la mugre y la desidia?

De esta pelusa grisácea y redonduela me conmueve, me doy cuenta, su vocación fallida de planeta, de diente de león. Pero fea no es: doy testimonio.

Fotografía: archivo Imagen99

Sin embargo, como el mundo es redondo y todo da mil vueltas, comprendo que no me es dado condescender a la soberbia de indultarla. Aplico las tres yemas de mis dedos índice, medio y anular sobre sus débiles contornos, la reduzco a unos grumos, y la arrojo a la bolsa de mis otras basuras.

No es tanta mi arrogancia como para erigirme en el santo patrón de los desechos. Sin embargo, y por razones tan mistéricas como la génesis de las pelusas, decido registrar mi epifanía sobre el microcosmos que no entiendo bien cómo, me he dado el lujo de destruir esta mañana. Es así que construyo mi

Oda a la pelusa

Este conglomerado de pelo, polvo y tamo
borujo de pelusas debajo de la cama
me contempla sin ojos con su débil reclamo
desde su desprestigio y de su mala fama
esta aglomeración de mugre y de abandono
que reposa indigente sobre el piso cochino
distante de la altura de la capa de ozono
indiferente a todo, incluso a su destino
este grupo de pelos de animales y gente
de escamas y de pieles, de sebos y de costras
ajena a su desgracia, a lo infame y lo urgente
tan plácida o estúpida como un plato de ostras
esta masa redonda de inmundicia reseca
que prolifera muda desde el confinamiento
se agarra de la vida como una garra enteca
y nunca me desmiente ni refuta si miento
esta impune pelusa ni siquiera está viva
pero surge y se crece, persevera e invade
la apariencia engañosa con su astuta diatriba
y a este mundo otro enigma sin sustancia le añade.

[i] Adriana Jiménez García se dedica a la escritura, a la enseñanza y a la asesoría de proyectos literarios. Ha impartido talleres de narrativa y poesía en la escuela de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem), en el Centro de Escritores Mexicanos (C-DEM) y en la Escuela de la Letra Psicoanalítica (EscLep). Es profesora-investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), en la licenciatura en Creación Literaria. Su obra ha sido incluida en diversas antologías. Su libro más reciente, La visitación, fue publicado por editorial Fósforo en coedición con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

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