"Iris y las adicciones"

Iris

Voy a relatar lo que recuerdo de esa época, con todas las lagunas que hay de por medio.

Pável Pantoja [i]

Estaba enamorado de la rebeldía, lo que confundía con el caos. Sólo una persona de las que he conocido ha encarnado ambas cosas: Iris, de ojos brillosos, piel cetrina y cabello multicolor. Ella me dijo, “las tachas son un orgasmo multiplicado por mil”, parodiando a Trainspotting, y también, “Si haces el amor con LSD es como si estuvieras en un arcoíris”, citando a Pregúntale a Alicia. El amor es una droga que no se debe combinar con otras, puede tener efectos que no son fáciles de controlar. La anarquía en la que vivíamos era excitante, voy a relatar lo que recuerdo de esa época, con todas las lagunas que hay de por medio.

En una fiesta al aire libre, donde todo estaba lleno de lodo y fango fue la primera vez que probé la marihuana, pero como el efecto no fue el esperado, Iris me dio un poco de hachís combinado con no sé qué. De pronto todo se movió de lugar,

 como si cayera a otra dimensión

sentí que el lodo adquiría una textura diferente, se me figuró que un tipo se había atorado en arenas movedizas y que no podía salir; no pude contener mi risa. Todo parecía hecho de chocolate, se formó un río y me acerqué a un árbol para salvarme.  Después vi a un tipo con mirada de chacal hablando con una chava, creí que la asaltaba, sin embargo, como media hora después de analizar la situación, me di cuenta de que eran pareja. Fumé un poco más. Iris, con su cabello rojo, me besó y sentí que mis labios se distorsionaron y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Pensaba que las drogas eran la desgracia absoluta, el infierno; después me arrepentí de no haberlas probado antes, ya que ella me enseñó que son la llave de los sueños. Aun así, sentía miedo. No quería volverme tan drogadicto como mi vecino que quedó en coma por un infarto cerebral debido a la coca, se convirtió en una babosa envuelta en sal, con sus llagas y echando baba como único propósito; tampoco quería terminar como el viene-viene del Oxxo que siempre apestaba a mierda.

Mi cumpleaños número dieciséis, lo festejamos en un rave, en un lugar conocido como el Laberinto, que está en el Ajusco, llevaba cuatro meses saliendo con Iris. Esa ocasión probé los ácidos. Los tambores electrónicos decían Tácata Tácata Tácata ta, Tácata Tácata Tácata ta. Me aproximé al escenario para ver al dj Raja Ram, entre luces que escurrían y adornos multidimensionales. La vibración no me dejaba respirar bien, tum tum tum, temí que me tragaran las bocinas, tum tum tum. Tácata Tácata Tácata ta. Mi corazón se acompasó con el beat, 164 latidos por segundo. Todo mi ser era Tum tum, Tácata Tácata Tácata, Tum. Iris me dio a inhalar MDMA  Cuando explotó el efecto al máximo sentí que todos eran mis amigos  Mis pensamientos iban tan rápido que se encimabanUnosConOtros como el Tácata Tácata Tácata Tum  El beat beat beat retumbaba en mis vísceras    Ahora con el cabello rosa Iris bailaba sin detenerse y sentí que nos conectábamos con nuestros antepasados danzando alrededor del fuego  Tácata Tum Tácata Tum   Ella acarició mi cuerpo que se había separado de mi mente y se retorcía lleno de sensaciones eléctricas  Tum Tácata Podía sentir cómo respiraban los árboles y las piedras Tácata Tum  Hicimos el amor en una casa de campaña   un amor de colores   como la música    como su cabello  Tácata Tácata Tácata Tum  Tácata Tácata Tácata Tum Tum Tum Tum

"Iris y las adicciones"
Ilustración: Arturo Almanza

Los fines de semana no dormíamos. Aprendí a reconocer las tachas finas de las sucias, las segundas te traban la mandíbula y terminas mordido de labios y lengua. Los fines de semana no dormíamos, ¿ya lo dije? Iris y yo éramos felices en las fiestas, pero en el lapso entre fiesta y fiesta peleábamos constantemente, y mi carácter, que de por sí era rabioso, se había intensificado. Un día estábamos en su cuarto, lo estrecho de su cama y de las paredes me recordaron un féretro. Aunque pensaba que controlaba las drogas porque no las necesitaba para sentirme bien, en ese pequeño lugar  me sentí atrapado y supuse que estábamos llegando muy lejos. Le dije, “Hay que bajarle, ¿no?”. Sus ojos parecían contestar, “estás bien idiota”, lo que me hizo enojar y decirle, “se te va a fundir el cerebro de tantas madres que te comes”. Le acaricié el cabello. “Ya cállate, si tú también eres bien adicto, pinche hipócrita”, me gritó y retiró mi mano. En parte tenía razón, pero yo seguía estudiando, e intentaba convencerla de que regresara a la escuela, diciéndole que yo podía apoyarla. Ella no hacía nada y sus papás la dejaban hacer nada en su cama acostada hasta las tres de la tarde, nunca entendí porque no le exigían que hiciera cualquier cosa, le daban mucho dinero, de hecho, ella invitaba casi todo lo que consumíamos. Los planes de Iris, que eran muchos y muy elaborados, se quedaba en palabras, me decía que quería estudiar veterinaria o que trabajaría en una empresa transnacional, también quería ser actriz; en realidad sólo permanecía sumergida en el tiempo que transcurría como un caudal de aguas negras. Creí que si ella seguía así le iba a pasar lo que a mi vecino. Se me figuró que su cuarto se estrechaba cada vez más, y sentí presión, fue entonces cuando le grité, para hacerla reaccionar, “pinche retrasada, ni la secu terminaste”. Se puso a llorar. Sentí desprecio por sus lágrimas, después tuve miedo de que sus papás nos escucharan: el señor me asustaba, tenía un cuerpo musculoso y bigotes enormes, sólo con sus dedos podría aplastarme con facilidad, trabajaba de mecánico y era respetado por todos los vecinos; él casi no consumía alcohol, pero cuando lo hacía podía estar borracho hasta una semana entera. Su mamá también era respetada, porque prestaba dinero a rédito y regularizaba niños. Bajé el tono de voz y hablamos con más tranquilidad, los dos lloramos porque no queríamos terminar. Prometimos dejar las drogas.

 A los dos días, nos fuimos con unos amigos por unas cervezas para aliviar la ansiedad y sólo fumamos un poco de marihuana. Iris se puso borracha. Cuando estaba así, se tambaleaba con sutileza, eran movimientos mínimos, como los que hace la flama de una vela. Ella me confesó  que mi amigo Jorge le gustaba. “Cállate, idiota”, le grité lo más monstruosamente posible, deformando mi voz y mi cuerpo como un animal con púas. Se quedó quieta, con la boca retorcida. No debí ofenderla y menos frente a mis amigos. Para disculparme, nos fuimos a un hotel, le hice el amor con ternura, lo más cariñoso y lento posible. Lloró mientras lo hacíamos. La acaricié con piedad y le dije susurrando, “princesa, te amo”. Ella apestaba a alcohol. Yo me encontraba en un estado entre crudo y misericordioso.

Cuando llevábamos ocho meses me cortó por teléfono. Falté a la escuela, no me gustaba hacerlo porque era lo único que me exigían mis padres y lo que me salvaba, podía hacer lo que fuera: faltar a la casa por varios días, irme de fiesta, hasta tomar, siempre y cuando mis calificaciones estuvieran por encima del 8.5. Iris me llamó por teléfono una semana después, “Vamos a vernos”. Lo dudé: experimentaba la necesidad de su compañía tanto como de las drogas, pero a la vez, estar alejado era como si hubiera evitado un accidente. Al final, nos vimos en un bar del Centro que se llamaba Las escaleras, era un lugar pequeño, atascado de gente, un poco hediondo, las paredes estaban recubiertas de graffiti, para pedir una cerveza debías subir por unas escaleras mal iluminadas y pequeñas, nos gustaba mucho ese lugar porque a pesar de tanta gente lo sentíamos muy íntimo. La observé: era hermosa; por sus venas corría la muerte, olía a muerte, apestaba a un olor dulce como de cocaína, similar a la vainilla. Vi su boca triste y sus ojos grandes con pestañas largas. “Ya, deja de hacer pendejadas, ponte a estudiar”, le dije cariñoso. Hizo su cara de niña regañada. El cabello azul le caía sobre los hombros. Fuimos a mi casa, aprovechando que no había nadie. Fumamos DMT que ella trajo para reconciliarnos, pues es un viaje más espiritual: tu alma se separa de tu cuerpo y percibes el mundo desde otro punto de vista. Todo iba bien hasta que comenzó a beber tequila, como a mí no me gustaba, sólo le di unos sorbos, en cambio, ella se puso hasta la madre. Me molestaba su aliento tóxico, cuando tomaba demasiado le salía un vaho verdoso. Ella se puso como bulto y me la cogí así, mientras estaba tumbada. Era excitante tener entre mis brazos un ser casi muerto pero que todavía lubricaba.

Un día de noviembre, fui a su casa y ella estaba con su hermana y con un tipo alto. “Ahorita no me abraces”, me dijo en el oído, “es que sería mala onda porque él también quiere conmigo”. Desde ese momento, la abrazaba con desconfianza; debí haberla cortado ese día, pero no pude, tenía miedo al síndrome de abstinencia. Más tarde, fuimos a mi casa y cuando cogimos esa noche, la castigué: se lo metí por el ano sin previo aviso. Ella emitió un sonido como de rata herida. Me dieron ganas de decirle, “yo sentí peor con lo que dijiste”, no obstante, me quedé callado, me separé de su cuerpo y le di la espalda. Ella se levantó, tomó un trago grande de una caguama que estaba en el buró. Mi pene quería seguir, mi pene tomó conciencia propia y quería seguir, pero yo no. Iris se metió a la regadera. Mi pene y yo luchamos hasta que él ganó y me obligó a ir tras ella. Entramos en el baño con sigilo para embestirla. La observé: ella veía a la nada, pensando tal vez nada, haciendo nada, dejándose llevar por el agua que escurría por la coladera. Mi pene se dejó caer con la flacidez de la derrota. Al día siguiente, terminé con ella.

Algunos meses después, me mandó un mensaje en el que me invitaba a su fiesta de cumpleaños. No pude rechazarla, ansiaba más dosis de ella. La vi, tan sexy como siempre, vibrando, con sus ojos enormes como de calavera. Esa noche bebí aguas locas sabor horchata y ella me dio unos chochos. Lo que recuerdo: las ventanas sucias, unos policías fregando con su sirena y gritando como si estuvieran pedos, un retrete manchado, el piso pegajoso, unos pinches drogadictos que pelearon y un borracho mala copa cantando. Más tarde, yo con los pantalones abajo, ella sobre mí. Me vomitó encima y el calor de su porquería me excitó, lo hicimos más duro. Recuerdo su cabello verde radioactivo en la oscuridad y su piel aferrada a los huesos.

Amanecí con terror. No sabía dónde estaba, si en la cárcel o en otro lugar.  Me llegaron esos instantes, poco, a, poco, como fotografías; otros momentos se perdieron para siempre. Me dolía la cabeza por la cruda y el brazo derecho quién sabe por qué. Tenía miedo de haber hecho una estupidez mayúscula, como matado a alguien. Con cuidado, abrí los ojos; por si tenía que huir. Por fortuna seguía en su casa y alguien me había limpiado, porque tenía una playera limpia. Otras personas dormían cerca de mí en el suelo, lo que me hizo sentir más tranquilo.

Cuando me levanté vi a Iris en una de las esquinas del cuarto. Me acerqué, ella estaba con otro tipo, semidesnudos, apenas cubiertos por una cobija. Sentí como si mis órganos colapsaran. El tipo era un güerito como de trece años. Me dieron ganas de matarlo, de bajar a la cocina por un cuchillo y enterrárselo miles de veces. Nunca me he sentido peor: cruda, celos, miedo, ira, tristeza, asco, nostalgia. Me dolió la garganta como si me hubiera tragado una bala, el pecho se me inflamó. Quería desaparecer. Creí que me había equivocado de tiempo, de espacio, de cuerpo, de vida.

Quise besarla por última vez. Quité la cobija y vi que al chavo apenas le crecía vello, parecía niña; deslicé mi mano por su piel para sentir la suavidad del pecho. Contuve mi llanto y el vómito. Luego toqué los senos de Iris, ella se despertó y con la mirada me invitó a recostarme entre los dos. Cogimos. Mientras lo hacíamos, ella estiraba sus manos para acariciar al niño, que no despertaba. Nos venimos juntos como si cayéramos en un abismo.

La miré, pero esta vez en sus ojos había vacío, como si me estuviera viendo desde el más allá, esa fue la última vez que la vi.

[i] Pável Pantoja Arredondo es egresado de la licenciatura de creación literaria por la UACM y de psicología por la UNAM. Actualmente trabaja como maestro en la enseñanza del chino mandarín.

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