"La cabaña"

La cabaña y el Silencio

La cabaña de Don Miguel se asemejaba mucho a esas casitas de los cuentos de hadas y por lo que sé, aún se encuentra ubicada al pie de la montaña, a unos tres kilómetros del pueblo de Santa Martha, perteneciente al municipio de Ocuilán Estado de México.

Saúl Peña Rosas [i]

Caía la medianoche un 17 de agosto de 1993, cuando disfrutábamos de una hermosa velada en la cabaña de don Miguel. Esta se asemejaba mucho a esas casitas de los cuentos de hadas y por lo que sé, aún se encuentra ubicada al pie de la montaña, a unos tres kilómetros del pueblo de Santa Martha, perteneciente al municipio de Ocuilán Estado de México.

Éramos un grupo de seis jóvenes universitarios, todos entre los 20 y 24 años de edad. Habíamos ido con la finalidad de realizar un trabajo académico que consistía en investigar los elementos culturales que conforman aquella comunidad; ya saben, todo lo relacionado a los usos y costumbres, principales actividades y otras cosas. La idea fue pasar la noche en la cabaña y al otro día bajar al pueblo a realizar una encuesta y aplicar cuestionarios que previamente habíamos preparado en clase.

Hicimos el viaje en la antigua combi de Iván, mi viejo compañero de aula, de equipo de fútbol y por supuesto de las mejores parrandas fuera de la universidad. Nos acompañaba, Gloria la Güera Miss Clairol, Romina la Chiquis, Karina la Barbie y Bernardo el Temerario. Yo me llamo Juan y fui el responsable de haber conseguido la cabaña.

Regularmente es un viaje que se realiza en dos horas, de la ciudad de México al pueblo antes referido, pero debido a las malas condiciones de la vieja combi, y a las subidas extremas de la carretera, nos tomó tres horas y media. Aún recuerdo cómo éramos rebasados por los ciclistas que iban en peregrinación rumbo al Santuario de Chalma, cuando la combi parecía no dar más.

Llegamos alrededor de las cinco de la tarde. Pasamos a la placita del lugar, compramos dos kilos de costillas de res, longaniza, cebollas, nopales, frijoles enlatados, chiles, dos pomos, tres refrescos de cola y dos rejas de cervezas. Teníamos pensado hacer una noche bohemia con guitarra, fogata e historias que contar, para hacer de este viaje una de las mejores experiencias.

Una vez realizadas las compras y después de esperar alrededor de una hora, cada quien echó su mochila a la espalda, cual roca al Pípila, para emprender la subida. Era una subida que se debe de hacer por un sendero muy sinuoso con maleza y rocas resbaladizas, únicamente se puede llegar caminando, de manera que la vieja combi tuvo que aguardar en el pueblo.

Nos habíamos preparado con botas del tipo alpinista, pantalón de mezclilla, gorros  y las más gruesas chamarras que cada quien pudiera tener. Porque pasadas las seis de la tarde, el frío arrecia y cala hasta los huesos.

Cómo buen guía iba al frente con un palo largo en la mano, pendiente de que los perros de las rancherías cercanas no nos fueran a morder. Subimos el primer kilómetro sin ningún contratiempo y el olor a monte, a fresco, a pino y tejocote, nos decían que habíamos dejado el pueblo atrás.

Cayó la noche y tuvimos que hacer uso de la única lámpara sorda que llevábamos. Las estrellas se podían apreciar mejor que en cualquier planetario. En aquel tiempo no teníamos teléfonos celulares, ni las ventajas de tener incluido en un teléfono lámparas de luz. Simplemente estábamos supeditados a la única luz portátil que llevábamos.

Ya pasado el primer riachuelo, nos sorprendió un ruido muy extraño, como de botes de hojalata arrastrados por algo, seguido de una especie de tos con carraspera. Pedí que nos detuviéramos y enseguida alucé por los alrededores de manera lenta, como si estuviera haciendo un paneo con alguna videocámara. Ramas, troncos y arbustos era lo único que se veía. Aproximadamente a 10 metros pude distinguir el brillo de los ojos de un animal, seguramente un perro. Como pudimos lo ahuyentamos pero me quedé muy sorprendido porque jamás escuchamos el típico ladrido territorial. La realidad es que no supimos con exactitud qué clase de animal era, pues su andar era muy parecido al de un simio y en esa región no hay posibilidad de que haya simios.

Seguimos caminando sin detenernos, cuando a unos metros de llegar a la cabaña, un sonido estrujante nos paralizó, se trataba de un zumbido bastante agudo y efímero, era como el de una trompeta pero a grandes decibeles. Sólo se oyó por un segundo, y ya no lo volvimos a oír.

"La cabaña"
Fotografía: Saúl Peña

Como ya estábamos cerca, apresuramos el paso, por no decir que corrimos. Por fin llegamos a la cabaña de don Miguel. Iván y yo quitamos la cerca hecha de troncos muy pesados, los demás pasaron lentamente y tuve oportunidad de contarlos. La obscuridad era tanta en ese lugar, que sólo se podía ver por donde aluzaba la lámpara, así que constantemente me cercioraba de que estuviéramos completos.

Indiqué que no bajaran las cosas hasta estar dentro de la cabaña, yo cargaba las llaves así que tuvieron que esperar a que abriera la puerta de dicha propiedad. Tengo grabado en mi memoria, aquella construcción hecha de madera con techo de tejamanil pintado de rojo, de dos cantos, con una pequeña estancia y un cuarto con tres camas, todas cubiertas por hules que hacían de cubrepolvos.

Al entrar, podía verse a don Miguel en un retrato grande enmarcado por un cuadro tallado a mano colgado en la pared, usando sombrero, montado en un caballo reparando en sus patas traseras que lo hacían ver como un hombre bragado, como los estereotipos de macho mexicano del cine.

La cabaña contaba con su propia chimenea y algunos utensilios para cocinar, sartenes, cucharones, los clásicos jarritos y dos ollas de barro para calentar café. No había víveres ni nada que pudiéramos utilizar para preparar los alimentos, excepto un pequeño frasco de café a la mitad y otro de azúcar con la misma cantidad.

Habíamos llegado a un lugar carente de energía eléctrica y agua entubada, de manera que se tenía que suplir con una gran fogata y constantes visitas al riachuelo para acarrear el vital líquido. El sanitario funcionaba con una letrina séptica y había que echarle agua con cubeta.

Después de instalarnos, inspeccionamos el lugar y les pedí que no se dispersaran, debíamos permanecer juntos; así que sí alguien quería ir al baño, que estaba a unos diez metros de distancia, primero debería ir por su cubeta de agua al río, obviamente acompañado por una persona.

No pude evitar que empezaran a comentar lo sucedido, y el primero en preguntar fue el Temerario

— Juan, ¿Qué jodidos era esa madre que nos topamos en el camino?

A lo que la Chiquis agregó

— Y ¿qué fue lo que se oyó ya casi al llegar aquí?

Únicamente me limité a decirles que ni yo lo sabía.

Cómo única persona que conocía el lugar me dispuse a dar algunas indicaciones, Se debía de hacer la fogata afuera de la cabaña, me había quedado la experiencia de que la chimenea estaba rota y si se prendía fuego en ella, enseguida invadía todo el lugar de un humo sofocante.  Por ningún motivo nadie podría separarse del grupo, mucho se dice que los lugareños cuidan sus tierras celosamente y podríamos ser confundidos por un ladrón o un talamontes.  

Una vez puestas las cartas sobre la mesa, nos topamos con nuestro primer gran problema. Todo mundo cree que prender una fogata es cosa de risa; sin embargo, después de varios intentos fallidos y de media hora de estar sople que sople con un cartón, el Temerario encontró un pedazo de madera, —ahora sé que le llaman ocote—, vaya milagro que nos salvó la vida, porque parecía que aquel tronco tenía impregnada gasolina, ardía como la mismísima antorcha olímpica sin apagarse.

Superado aquello, empezó a sonar la guitarra tocada por Iván, el único músico del grupo. Racionamos los alimentos porque estaban destinados para la cena y el desayuno, así que la mitad de todo lo guardamos en un bote de plástico. Empezamos a echar la carne al asador y preparábamos bebidas con ron y refresco de cola. El furor empezaba a invadirnos cuando de pronto alguien dijo

— Creo que no compramos tortillas.

Nos quedamos viendo entre todos porque seguramente alguien debía ser el responsable de semejante descuido. Aunque habíamos hecho una lista bastante completa, con todo lo que íbamos a necesitar, pero nos descuidamos y no compramos todo.

La Barbie sugirió que bajaran un par de personas a comprar al pueblo, a lo que me opuse rotundamente, les expliqué del peligro que representaba, no obstante de que en ese pueblo no puedes encontrar tortillerías a las 10:30 de la noche. ¡Por favor! La posibilidad de comer con tortillas se había esfumado. No nos habíamos resignado de tan lamentable descuido hasta que otra tragedia nos invadió, nadie compró sal. Entonces, valoramos las ventajas de ser citadinos, donde prácticamente puedes encontrar de todo a cualquier hora. Pero allá, a tres kilómetros de un pueblo de 1400 habitantes, vaya que es difícil conseguir algo a cierta hora.

 Al no tener tortillas ni sal, comimos turnándonos el único plato que había, obviamente la carne sabía insípida. A la Güera Miss Clairol se le ocurrió que echáramos todo junto, es decir, en lugar de hacer la carne asada, vaciáramos todo lo que llevábamos a la cacerola, con el fin de que por lo menos agarrara un sabor diferente. Así lo hicimos y mejoró mucho pero no lo suficiente, nunca en mi vida había deseado una pizca de sal como en aquella ocasión.

Comimos como pudimos, todos en el mismo plato y con una sola cuchara, en ese entonces no teníamos miedo al contagio de algún virus. También padecimos de no haber llevado servilletas desechables, el papel higiénico ya se empezaba a terminar. Tuve que recordarles, que si se acababa el papel, nuestros problemas serían mucho mayores. Eso los hizo entrar en razón, las mangas de sus chamarras y suéteres hicieron un trabajo perfecto. 

Entramos en calor y la bohemia nos reconfortaba, por un momento parecía que todos estábamos disfrutando la velada. Bailamos, cantamos, nos abrazamos, reímos y al calor de las copas algunos lloramos.

Parecía que se había cumplido el cometido, estábamos pasando una gran experiencia digna de contarse, cuando entre una canción y otra, se hizo un silencio que permitió que oyéramos nuevamente el sonido de botes de hojalata siendo arrastrados por algo o por alguien. La Güera Barbie enseguida comentó.

— ¿Oyeron? No manches eso ya no me gusta.

Tuve que fingir que no escuché nada para que no nos invadiera el pánico y fuéramos víctimas de nuestra propia sugestión. El Temerario, como era su costumbre, apañó el único cuchillo de cocina que llevábamos y dijo en un tono alarmante.

— Te haces pendejo Juan, bien que escuchaste, pero a mí los espectros me la pelan. ¡Aquí estamos! ¡Manifiéstense!

La Chiquis se dirigió a él un tanto asustada y molesta.

— No digas pendejadas cabrón, ¡con eso no se juega!

Sugerí que nos mantuviéramos juntos y si queríamos averiguar de qué se trataba fuéramos a investigar sólo los hombres, a lo que las mujeres enseguida me tacharon de machista sobreprotector. Decidimos inspeccionar el lugar todos, muy pegaditos. El ambiente era una fusión de incertidumbre y miedo pero no encontramos nada raro.

De regreso entre el susto y nuestro estado etílico, no faltó quien cuestionara lo sucedido. Fue Iván el primero en pronunciarse al respecto.

— Pues a mí me van a perdonar pero creo que estamos actuando como niños asustados, ese sonido debe tener una explicación lógica, probablemente pueda ser algún animal de granja o un perro o qué sé yo, pero de lo que sí estoy seguro es que no existen espectros ni fantasmas, ni nada por el estilo. Esas cosas sólo están en el imaginario colectivo de la gente.

La Chiquis no se quiso quedar atrás y enseguida replicó.

— Pues será el sereno, pero mientras no sepamos de qué se trata, sugiero que no nos separemos.

Los demás permanecimos expectantes, sólo continuamos con la buena velada. Seguimos la trova y los chistes, muy pronto aparecieron las parejas y cada quien agarró a su chambelán, yo me ofrecí, de muy buena gana, cuidar a la Chiquis porque era la más preocupada.

Nos dieron las cuatro de la mañana y el cansancio se hizo presente, así que nos dirigimos a la cabaña para repartirnos las camas, me cercioré de cerrar muy bien por dentro y  muy pronto estábamos todos en brazos de Morfeo.

Al otro día, como a las 10 de la mañana, me percaté que el Temerario ya estaba despierto buscando entre mis ropas la llave que abría el candado que puse por dentro para estar bien seguros. Cuando me vio despierto me dijo.

— Abre cabrón que me cago, a quién se le ocurre cerrar por dentro, ya ni la chingas.

Su tono angustiante terminó por despertar a los demás que poco a poco fueron saliendo de la cabaña.

Iván se fue derechito hacia donde habíamos dejado las cervezas y la comida. Destapó una con los dientes y muy preocupado me dijo.

— Oye Juan, creo que se chingaron la comida y mi chamarra que dejé al lado de la fogata.

Me dispuse a verificar lo que había escuchado y efectivamente faltaba la carne, la longaniza y la chamarra. Las cervezas, verdura y demás cosas, estaban intactos.

Tuve que darles la lamentable noticia y empezamos a recoger todo para preparar nuestro regreso.

Teníamos cara de hambre y resaca. De regreso por el sendero, ya con la luz del día pudimos apreciar mejor el paisaje verde y frondoso. A nuestro paso por una de las rancherías del camino, una persona mayor nos abordó con la chamarra de Iván en la mano. Por supuesto todos nos quedamos extrañados. El señor se nos acercó y preguntó.

— ¿Es de ustedes esta prenda?

Teníamos tantas preguntas pero él no permitió que realizáramos ni una de ellas porque enseguida nos comentó.

Fotografía recuperada de Internet por Saúl Rosas

— Mi perro la llevó a mi propiedad, supongo que en la madrugada, también dejó una bolsa con un poco de sangre, por lo que supuse que alguna vez tuvo carne. A mi parecer fueron timados por mi perro «Silencio”, pero ya lo encerré como castigo. Es un perro muy particular porque perdió una pata trasera cuando cayó en una barranca y camina como chango. Aparte es mudo el canijo, por eso le tengo que amarrar unas latas alrededor de su cuello para escuchar dónde está. No puede ladrar, sólo hace un sonido como sí quisiera vomitar. Así nació, mi esposa decidió amarrar unos cascabeles a su cuello, pero no sé cómo le hace y se los arranca, así que mejor le pusimos latas, esas no se las puede quitar.

Pero cuénteme ¿Cómo pasaron la noche, jóvenes? Sé que se quedaron en la cabaña de don Miguel por el ruido infernal que hicieron, con todo respeto mis cabras cantan mejor que ustedes. La gente del pueblo no la pasó muy bien porque se quedaron sin luz, anoche tronó el transformador principal como a las seis y media, aproximadamente ¿A poco no oyeron?

[i] Saúl Peña Rosas es Licenciado en Comunicación y Cultura por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, autor de varios relatos y de la novela El día de tu muerte.

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30 comentarios en “La cabaña y el SilencioAñade los tuyos →

  1. Es una increíble historia hace que te imagines todo lo que están viviendo esos jóvenes en la cabaña. yo pensando que era algo paranormal y resultó ser un perro😅

    Me encantó ♥️😊👌

  2. A veces nuestros miedos no nos permiten disfrutar lugares tan hermosos como el descrito aquí, posiblemente tenga que ver la inseguridad que vamos gestando en una sociedad como la nuestra.

  3. Que imaginación, te felicito, tu suspenso que me deja sin respirar por momentos y sobre todo, que haces que uno se adentre, que tal parece que uno fuera uno de los protagonistas , me entusiasma leer tus relatos, gracias.

  4. Viví en suspenso todo el tiempo, imagine miles de cosas tristes, pero fue un final feliz y me encantó. Te felicito Lic xq nos haces viajar a través de la lectura y recordar nuestras propias anécdotas. Un abrazo

  5. Felicidades Saúl que gran relato de verdad que logras captar toda la atención y además haces que empiece uno a imaginar cosas igual que los personajes de tu historia

  6. Me encantan las historias de sustento y está tiene grandes elementos de las mismas, espero poder leer próximas entregas del mismo género de este gran autor.

  7. Excelente homenaje a don Miguel, algún día tenía que recordar esos parajes, que visite un par de veces; mantener en suspenso a tus lectores, fue el meollo de este relato, y describir el lugar mejor aún. TEN SALUD 🖖

  8. Muy buen relato! Logras que el lector se sienta parte de esa aventura de suspenso. Me remonté a mis propios recuerdos y me pareció fascinante como llevaste la historia. Excelente fotografía!

  9. Te felicito, excelente relato. Seré muy breve en mi comentario, pero creo que suficiente para describir tu historia.
    Por un momento sentí estar leyendo algún relato del libro, el llano en llamas, de Juan Rulfo.

  10. ESTA HISTORIA TE HACE IMAGINAR Y ENTRAR EN SUSPENSO A PARTE DE QUE TE DA CURIOSIDAD DE SABER DE QUÉ SE TRATA TODO LO QUE ESTÁN PASANDO LOS JÓVENES DE LA HISTORIA.
    TE FELICITO ESTA FANTÁSTICA TU HISTORIA CAPTA LA ATENCIÓN DEL LECTOR .

  11. Tantas veces que me han invitado a esa cabaña y no he podido ir espero poder visitarla algún día amigo gracias por tus relatos creo que no dejaré pasar l próxima oportunidad un gusto leerte.

  12. Que buena aventura es salir acampar, algunas veces lo hice antes de cumplir 30 años y siempre escuché anécdotas de fantasmas que en lo particular se me hacen muy interesantes, pero que nunca pude comprobar y aunque uno siempre piensa que debe haber una explicación lógica para las cosas extrañas que escuchamos o llegamos a ver, no siempre vamos a estar seguros, y la verdad que bueno que sea así, mejor que se quede la incógnita en el aire, aunque en este caso no fue así, y solo tuvieron que compartir forzadamente lo que llevaban con el pobre perro discapacitado, saludos

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