"La madriza"

La madriza

Se habían armado los trancazos y mi estatura limitada no me dejaba ver la pelea que disputaban Roberto “el Chango Manú” y Darío “el Loco”, como los conocían en el barrio.

Saúl Peña Rosas [i]

El día que conocí a Darío Castelán, supe que aquel muchacho tenía todas las características para ser un perro de combate. Se habían armado los trancazos y mi estatura limitada no me dejaba ver la pelea que disputaban Roberto “el Chango Manú” y Darío “el Loco”, como los conocían en el barrio.

Era una pelea que había atraído a decenas de estudiantes de la secundaria técnica 88 debido a su mala fama como abusadores de los alumnos más débiles.

Estábamos en el callejón que está en la parte trasera de la escuela, cómo pude me fui abriendo paso hasta llegar al centro del círculo de personas arremolinadas que se movían de un lado para el otro, al son de los dos más grandes gandallas de la escuela. Era la pelea, el tiro, la madriza, la tranquiza esperada desde hace meses debido a que estaban frente a frente, los dos tipos más temidos que a mis 13 años pudiera haber conocido.

Se amacizaban en un trompo descarnado, los dos tenían buena pegada y sabían meter las manos. Por momentos se trenzaban pero, los upper cut de Darío hacían retroceder al Chango mientras éste lanzaba patadas a las piernas, de esas que les dicen “las dormilonas”.

El cansancio era notorio, sus golpes eran cada vez más lentos y pausados pero aún así, ninguno de los dos quería perder, porque eso significaría que por fin se podría proclamar a un vencedor y por consiguiente al más chingón para los madrazos de la escuela.

"La madriza"
Ilustración: Arturo Almanza

Más por la falta de destreza que de pegada dura, el Chango finalmente cedió, producto del cansancio y de la mala condición física ocasionada por la cajetilla de cigarros que se fumaba al día. Una vez sometido y montado, recibiendo golpes en el rostro a granel, se pudo escuchar el famoso “ya estuvo, ya estuvo” y los seguidores de Darío festejaban el triunfo, mientras éste lanzaba la típica frase intimidatoria:

¡Cuando quieras te vuelvo a romper tu madre güey!

Nos dispersamos al mismo tiempo que, como solía pasar en esos tiempos, llegaban apenas algunos adultos, entre éstos el profesor de educación física al que apodamos “el Popeye” debido a su gran corpulencia y barbilla pronunciada.

Como era de esperarse no faltó quien pusiera al tanto al profe que llegó un minuto después de terminada la pelea, pero fue suficiente para enterarse de lo ocurrido. Al otro día Darío y el Chango estaban por milésima vez en la dirección. Los golpes, moretones y raspaduras que ambos tenían no podían negar lo sucedido, de manera que terminaron por aceptarlo y sus tutores debían presentarse al siguiente día.

No había estudiante en la secundaria que no estuviera al tanto de tan enorme noticia, porque mucho se rumoraba que la rivalidad del Loco y del Chango había trascendido a sus padres, que dicho sea de paso eran bastante conocidos en el barrio por ser uno de ellos, un policía judicial, y el papá del Chango, un comerciante de Tepito de pocas pulgas.

Así de manera expectante, todos, aunque desde sus respectivas aulas, laboratorios, talleres o patio de deportes, estaban pendientes del arribo de aquellos personajes de mi colonia.

Antes de salir al descanso llegaron dos personas a la escuela y la decepción se hizo presente porque se trataba de sus madres, y con ellas se esfumaba la posibilidad de que hubiera otro tiro entre adultos. El Loco y el Chango fueron llamados a la dirección y la cosa se ponía cada vez más candente, aunque se sabía de sobra que ya no había riesgo de pelea, puesto que al ir las madres a la escuela, era casi nula la posibilidad de ver otra pelea.

Sin embargo, al director del plantel le faltó planear bien el horario en que estas personas fueron citadas, justo en la hora de descanso sonó la chicharra y la muchedumbre de estudiantes saltó al patio de la escuela.

Como era de esperarse, estábamos muy cerca de la oficina del director porque sabíamos que allí seguían los gandallas con sus respectivas mamás. Muy pronto las puertas de la dirección se abrieron y el primero en salir fue Darío con su madre a un lado, todavía reprimiéndole con el lenguaje más soez que a mi corta edad había escuchado salir de la boca de una mujer. A Darío no parecía importarle porque seguramente ya conocía ese discurso articulado por los insultos más ofensivos que un adolescente pudiera escuchar de su progenitora.

Pronto se pudo ver a la mamá del Chango, que a su paso por la escena de la regañiza, escuchó cómo Darío era reprendido y se le ocurrió decir:

¡Pues con razón, de tal palo tal astilla!

Y pasó lo que nadie esperaba. La mamá del Loco arremetió contra ella de las greñas mientras la madre del Chango tiraba golpes volados. El Loco y el Chango se empezaron a tundir, y fui testigo de la bronca más bizarra de mi vida, ver a dos señoras en el piso trenzadas de los cabellos, enseñando hasta los calzones y a poco más de dos metros a sus hijos bailando la danza de los madrazos. Por momentos todo se convirtió en caos y corredero de adolescentes por todas partes.

Dicen que el tiro duró únicamente tres minutos porque entre personal docente y prefectos lograron separar a los involucrados, pero a mí se me hizo una pelea eterna ¡Como de una hora! Estaba estupefacto, nunca había visto algo similar. Esa pelea fue tan sonada que aún después de haber egresado de la secundaria, se seguía comentando por las demás generaciones. Fue algo que verdaderamente dejó huella en los estudiantes y se hizo vox populi de aquella generación, tanto que al recordar, aún siento la adrenalina que me provocó ser testigo de tan singular madriza.

Ahora como adulto, después de más de treinta años de lo sucedido, supe por diferentes versiones, qué fue del Loco y el Chango, tanto que me volví a quedar anonadado.

Ya hace aproximadamente 15 años me topé con el Loco deambulando por las calles con la mirada perdida, la mona entre boca y nariz, dedicado de lleno al talón. Pude cerciorarme de que estaba sumergido en el mundo de las drogas y el alcohol.

A grandes rasgos me corrieron el chisme de que empezó con el robo de autopartes para luego pasar al robo a transeúnte y finalmente unirse a una banda dedicada al robo a cuentahabiente, pero su excesivo consumo de drogas hizo que finalmente lo echaran de la banda porque más que ayudar, ya estorbaba. Mucho se rumoraba que en su haber, ya había dos muertes y que existían órdenes de aprehensión en su contra, pero la realidad es que nunca lo aprehendieron.

Me platicaron con detalle que más que producir temor ya daba lástima, siempre estaba drogado y alcoholizado, eso le ocasionó ser blanco de severas golpizas, ¡Sí! golpizas al más grande peleador que pude haber conocido en mi época de secundaria. Aun así las personas no dejaban de temerle porque en sus pocos momentos de lucidez se robaba todo lo que veía mal puesto, cuentan que una ocasión hasta se robó una jaula con tres perros pequeños afuera de una veterinaria. Aseguran que no podía con semejante carga hasta que le hizo parar a un taxi y emprendió la huida.

Mencionan que ni los cuates de su propia calle lo querían porque ya estaban cansados de tantos choros y tonterías que decía cuando estaba bien drogado que, por lo regular, era su estado permanente. Algunas veces fantaseaba que ya era dueño de casas, autos y motocicletas, otras hacía alarde de grandes atracos, pero nunca tenía un peso en la bolsa. Presumía diciendo que había peleado contra cuatro tipos al mismo tiempo, saliendo victorioso sin ningún rasguño. En repetidas ocasiones mencionaba que lo venían siguiendo para matarlo y gritaba como loco. En fin, las drogas le ocasionaron alucines que convertía en relatos bien fumados. Lo cierto es que sufría de constante dolor de estómago por tanta droga y la falta de alimento. Solía inclinarse llevándose las manos al abdomen en señal de dolor, pero eso nunca fue motivo para dejar su precario estilo de vida.

Al Chango nunca más le volví a ver, pero mis comparsas de secundaria se encargaron de ponerme al tanto. Aseguran que después de la secundaria fue uno de los afortunados en haberse quedado en la máxima casa de estudios, concluyó su bachillerato e ingresó a la facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia. Se casó y tuvo dos hijas que siguieron sus mismos pasos. Después de haber trabajado por más de 10 años en el zoológico de Chapultepec, puso una veterinaria que tiene mucho prestigio, de la cual cuentan, que una ocasión, le robaron tres cachorros french poodle con todo y jaula.

De Darío, el Loco, se dice que un sábado por la noche llegó a su calle, donde estaban sus comparsas tomando caguama banquetera, se sentó junto a ellos, prendió un cigarro, le corrieron la cerveza y le dio dos tragos. Luego empezó a decir que le habían dado un plomazo y se llevaba las manos al abdomen en señal de dolor, en sus ropas no había señal de lo que decía, así que lo tiraron de a loco. Uno a uno se fue metiendo a sus respectivas casas hasta dejarlo solo, sentado en la banqueta con una caguama al lado, al otro día amaneció muerto.

[i] Saúl Peña Rosas, es licenciado en Comunicación y Cultura por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Escritor de diversos relatos y autor de la novela El día de tu muerte.

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22 comentarios en “La madrizaAñade los tuyos →

  1. Este relato me hizo recordar cuan constantes eran esos acontecimientos, pues muchas diferencias se resolvían así; no se que tan bueno haya sido, pero creo que las nuevas generaciones se han ido al extremo y ahora todo lo consideran bulling.

    1. Muchas gracias por tu comentario Eliza, la realidad es que se resolviera o no el problema, por lo menos no trascendía. En la actualidad es muy común ver a jóvenes adolescentes armados con una ira desbordada, producto de una sociedad que cada vez más
      , normaliza la violencia y la vuelve parte de ella.

  2. Al encontrarme con esta historia y al estarla leyendo no podía dejar de recordar una frase :
    Con migo no .
    Con migo no .
    No sé si lo recuerdes ya bastante tiempo de esto mi estimado y buen amigo Saúl .
    Me es muy grato saber de ti y conocer parte de lo que haces .
    Te felicito .
    Saludos y un fuerte abrazo.

  3. Muy padre el relato, te transporta a los años de secundaria, que para mí han Sido de lo mejor en mi vida, aunque la única vez que tuve una pelea me dieron una madriza, y a partir de ese momento me volví hippie, jajajaja, muy bueno.😂

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