Fotografía: composición digital de archivo Imagen99

Maquillaje a granel

En la mañana cuando desperté me percaté que ya no estaba, no sé si se fue de madrugada o muy temprano antes de que yo abriera los ojos.

Saúl Peña Rosas [i]

La vi esa noche que salía del bar, en el centro de la ciudad. estaba en una esquina caminando de un lado a otro, con ese contoneo coqueto, paseándose como si quisiera agradar a todos.

Recordé una canción: «Maquillaje a granel usaba a diario y vendía la piel a precio caro», así inicia la letra de una de mis canciones preferidas del cantautor José María Napoleón. Aquella tarde lluviosa del mes de agosto, cuando regresaba a casa, eran casi las siete y la noche empezaba a caer. El camino encharcado mantenía mi calzado y calcetines totalmente mojados, tanto que al caminar se podía observar cómo brotaba el agua a través de los orificios donde van las agujetas.

Pasé casi todo el día buscándola, fui a diferentes instituciones a pedir ayuda pero solo realizaban el protocolo acostumbrado y me despedían con esa frase llena de indiferencia: “si sabemos algo, nosotros le llamamos”

El agotamiento me hizo regresar a casa. No podía dejar de pensar en ella ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué decidió dejarme así como así?

En la mañana cuando desperté me percaté que ya no estaba, no sé si se fue de madrugada o muy temprano antes de que yo abriera los ojos, seguramente le favoreció su esbelta figura ya que sus pisadas siempre fueron casi imperceptibles.

Pues bien, me había dejado, aún no sabía los motivos exactos pero cumplió su amenaza porque ya lo había intentado una ocasión cuando recién la traje a vivir conmigo. Ahora lo único que sé es que se siente un enorme vacío sin su presencia, debo aceptar que ella era la luz de este hogar, sé que teníamos algunas diferencias, pero nunca me imaginé que me fuera a abandonar.

Mi madre alguna vez me dijo que tuviera cuidado porque notaba que ella no estaba a gusto. Por supuesto que la que no estaba a gusto era mi madre, alguien le había puesto al tanto de las actividades de Mariela. Yo simplemente ignoré sus comentarios porque sé de sobra que desde el principio no congeniaron, nunca estuvo de acuerdo de que iniciara una relación con ella.

Ya no sé qué pensar, no sé si esto pasó debido a que ayer le hice un par de observaciones por cosas que consideré necesario hablar, sin embargo, jamás le levanté la voz ni la ofendí, solo me limité a externar mi inconformidad.

Creo que eso fue suficiente para que tomara la decisión de abandonarme, para dejarme sumergido en esta profunda tristeza. La verdad aun no puedo creer que se fuera después de todo lo que hice por ella, ¡es una malagradecida!

Quizá el enojo me haga decir esto, sé que no está bien, ni lo hago por hablar mal de ella, sobre todo cuando su vida ha sido tan difícil y aun así decidí aceptarla. Pero a decir verdad, yo la recibí en los peores momentos de su vida, delgada casi en los huesos, con la mirada triste y señas de que había sido maltratada, seguramente por otros hombres.

Les cuento. Aquella tarde ví que salía del bar ubicado en el centro de la ciudad. Estaba en una esquina caminando de un lado a otro con ese contoneo coqueto, paseándose como si quisiera agradar a todos. Tenía una mirada triste, pero cuando sonreía de manera espontánea expresaba ternura.

 Díganme iluso o soñador pero al verla me cautivó tanto que me propuse sacarla de las calles. Sabía que sería una tarea difícil pero no imposible, después de todo, todos merecemos una segunda oportunidad en la vida y yo estaba dispuesto a dársela.

Prendí un cigarrillo y me fui acercando lentamente, no quería asustarla ni que pensara que yo era uno de tantos. Desafortunadamente, entre más me aproximaba pude ver su rostro maltratado. Sentí un enorme coraje e impotencia.

Debo confesar que acercarme no fue fácil, al principio me rechazó, a pesar de que le hablé muy tranquilo, dejándole ver que mi única intención era ayudarla. Sin embargo, se alejó desconcertada y un tanto asustada. Supongo que pensó que era uno de esos hombres golpeadores.

Pasaron algunos días y regresé al bar, esa ocasión decidí ir en mi automóvil aunque se perfectamente que el alcohol y el volante no se llevan, aun así decidí conducir con mi propia consigna de no beber más de tres tragos.

Cuando salí ella estaba en la misma esquina, nuevamente me acerqué de manera sigilosa y me estacioné justo frente al poste donde solía dar vueltas.

Bajé la ventanilla y la invité a subir, ella no solo me ignoró sino que pude ver cómo se subía a una camioneta vieja de redilas que acababa de llegar atrás de mí. No pude evitar mi enojo y me fui a casa muy decepcionado. Sin embargo, sabía que ella estaba trabajando, que era su manera de sobrevivir y por ello se ponía a la disposición del mejor postor, para quien le ofreciera más sin importar los riesgos.

Fotografía: composición digital de archivo Imagen99
Fotografía: composición digital de archivo Imagaen99

La seguí viendo en repetidas ocasiones a mi salida del bar y aunque me seguía de largo, nunca pude evitar el voltear a aquella esquina porque ella siempre me devolvía la mirada, mirada que me decía que no era feliz. Sin embargo, seguía aferrada a ese lugar, supongo que porque creía que ya no había otra alternativa y como algunos hombres la ayudaban de vez en cuando, se sentía con la obligación de permanecer allí.

Pasé frente a ella decenas de veces, ya sea caminando o en mi automóvil, nuestras miradas se encontraban ya de manera rutinaria, hasta que una ocasión decidí abordarla nuevamente. Había pasado al centro comercial a comprar comida para la semana y el carro despedía un olor a pizza que me hizo dudar en pararme.

Olvidándome de eso me estacioné frente a ella, abrí la puerta de mi auto y la invité a subir, ella me miró fijamente como queriéndome decir algo, pero simplemente callaba al grado de que llegué a pensar que era muda. Al ver la comida se subió al auto sin los más mínimos modales. La verdad no me extrañó, su figura extremadamente delgada me hacía pensar que casi no comía y era evidente que tenía hambre.

Sin cruzar palabra saqué el paquete de pollo frito y le ofrecí comer, era obvio que no le había caído nada en aquella esquina y necesitaba alimentarse. Casi me los arrebató y empezó a comer como desesperada.

Esa noche la invité a quedarse en mi casa para ver cómo se sentía. A pesar de que no me atreví a tocarla para que no pensara que era uno de tantos, respetando su espacio, pasamos una noche agradable, conversando y haciéndonos compañía el uno al otro.

Así empezamos una relación cordial, pasábamos mucho tiempo juntos, solo la dejaba para ir a trabajar, cuando regresaba siempre fui bien recibido. Tenía una extraña forma de ser, cada acción que realizaba la hacía con cierto temor a ser reprimida o regañada; sin embargo, yo le di toda la confianza del mundo con tal de que se sintiera un poco más cómoda. Creí que me había ganado su respeto y cariño puesto a que ya era amorosa y atenta. Poco a poco traté de inculcar en ella buenos modales, quizás proporcionarle algo de la educación que no pudo recibir. Estoy consciente que quería presumir a la familia que ya tenía una pareja, pero la verdad es que traía bien arraigadas las costumbres de la calle, no quiero sonar despectivo simplemente hay cosas que una vez aprendidas, son difíciles de cambiar. Ya sabrán por qué se los digo.

No hubo tiempo de conocer bien a bien su pasado, pero en el presente Marielea  fue una mujer que me dio tiempo, alegría, y casi estoy seguro que me quiso.

Regresé en repetidas ocasiones a las instituciones de ayuda pero al no ser ni su esposo ni su familiar, las cosas se complicaron, ella no tiene documento alguno que acredite su personalidad, de manera que dudo mucho que su verdadero nombre sea el de Mariela.

Ya pasaron dos semanas después de su partida, después de una búsqueda incansable y de ir diariamente a la esquina donde la conocí sin tener éxito, hoy al salir del bar de costumbre ¿Adivinen en dónde la vine a encontrar? Sí, efectivamente, en aquella esquina maldita. Me sentí tan, pero tan estúpido y decepcionado, que esta vez pasé sin mirarla, me fui con la conciencia tranquila de haber hecho hasta lo imposible porque tuviera un hogar digno, pero simplemente no pudo con sus propios fantasmas, con sus propios pensamientos que le obligaron a regresar a las calles. No sé por qué me cuesta tanto trabajo creer que prefirió la calle a estar conmigo.

Ha pasado el tiempo y ahora que lo pienso, ella tenía razón. Cuando la llevé a casa, lo primero que le prohibí fue que volviera a las calles y que por tanto no había necesidad de tanto maquillaje. Aunque reconozco que después vinieron otras prohibiciones: No hables así, no te vistas así, no comas así…, y lo último:

«Aquí no te falta nada, así que no hay necesidad de que trabajes en esa tienda o en ningún otro lugar».

Lo que no comprendí fue que, yo no tenía derecho a decidir por ella, a imponer mis reglas, a convertirme en su dueño, a considerarla un objeto y negarle su condición de ser humano libre. Cuando la conocí, Mariela siempre estuvo convencida sobre cómo el trabajo sexual que ella ejercía, en su caso, fue una elección por sus propias circunstancias de pobreza y analfabetismo, pero que eso no le quitaba su calidad de ser humano.


Saúl Peña Rosas es licenciado en Comunicación y Cultura por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Escritor de diversos relatos y autor de la novela El día de tu muerte.

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27 comentarios en “Maquillaje a granelAñade los tuyos →

    1. Dice el refrán: el que nace para maceta, no pasa del corredor, con la frescura de tu pluma, te remuerde la conciencia y sufres la impotencia de que no pudiste hacerle entender tus propósitos.

  1. Gracias como siempre reitero un deleite tus relatos, en cuanto a lo compartido me queda claro que el ser humano es complejo y no obstante a la cicatrices de la vida nos llevan a creer que esa es la nuestra vida y de repente cuesta creer que alguien quiera en verdad ayudarte o no somos merecedores a más, aunque en El relato qué hoy nos compartes puede ser el caso Mariela, Recuerda cuando no se ha recibido muestra de amor ni tanta atencion eso también les asusta para ellas las observaciones
    o limites no son de su agrado recordemos es gente que le gusta su independencia y a muchas les gusta más esa forma de vida aunque saben los riesgos qué corren. Y ante ello no se puede hacer nada.

  2. Una historia entretenida (como todas las que nos hace favor de compartir Lic), que nos deja ver dos maneras diferentes de ver la vida; por un lado él pensando que era lo mejor que le podía haber sucedido a ella, ofreciéndole un hogar y estabilidad, sin embargo ella no lo percibió así.
    Creo que ese es el gran conflicto que tenemos los seres humanos en cuanto a la pareja se refiere, esperamos que el otro piense como nosotros quisiéramos, sin entender q cada quien tiene su forma de concebir la vida, tal ves entenderlo así no lastimaría tanto la decepción, dice un dicho » No esperes nada de nadie, es mejor estar sorprendido, que decepcionado».
    🙂Excelente noche !!!

    1. Así es Lic Maria Isabel, aveces creemos que todo es por obviedad y no nos detenemos a pensar que es lo que en realidad piensa la otra persona. Habría que tener presente que lo que creemos que es bueno para nosotros no siempre lo es para los demás. Saludos cordiales

  3. El ser humano es algo complicado, principalmente en cuanto a pensamiento y cuando dos o más personas están juntas siempre pensamos que solo nuestra forma de pensar es la correcta, así sea con las mejores intenciones (para nosotros) las sobreponemos a las de los demás por eso hay que ponerse en los zapatos de los demás y entender porque piensa así, porque vive así, etc. solo así, podemos compartir su forma de ser y ver la vida entender el porque. Quién sabe si con el tiempo la otra persona también entienda lo tuyo para empezar a convivir sin jugar, solo por querer estar juntos tal como son ya sea como pareja, como amigos, etc.
    Un abrazo amigo.

    1. Sin lugar a dudas debemos de tomar en cuenta la opinión y el pensamiento de los demás antes de tomar alguna decisión muchas gracias por tu opinión Sergio

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